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Opinión | SALIDA DE EMERGENCIA

Sirena, yo te vi

Hay días que son manchas en el calendario. Otros, sin embargo, tienen el color y el sabor de las sirenas, que no existen, ya lo sé, pero ¿acaso importa si existen o no cuando crecimos pensando que ser sirena era algo magnífico y misterioso y pensábamos que quizá existieran en el fondo del mar y allí reinaban, nos protegían de los sueños malos y cantaban para que Ulises se perdiera en su regreso a Itaca? Sirenas que eran misteriosas, astutas y bellas. Sirenas que nadie vio con su sonido embriagador y aquel aroma mitad salado mitad dulce que cubría una piel de escamas que todo lo desvestía.

Los días que son manchas en el calendario es mejor dejarlos pasar, hacer como si no hubieran existido y guardar de ellos solo un insignificante número que no tiene más recordatorio que el de haber pasado. Los otros días, los que tienen el color y el sabor de las sirenas, son días que se quedan grabados porque son días importantes y tienen una mota en el aire, un silencio en el gesto, un beso en la mejilla, un afecto que se ilustra, un desgarro que se disimula, un cielo despejado y azul, un viaje sin música, un wasap repleto de corazones e instantes irrepetibles, un ascensor que no sube ni baja y que sin embargo te lleva hasta el lugar adecuado, una cama de hospital, una caricia allí donde se precisa y miles de momentos que son recuerdos y los más bellos, los que nadie puede tocar ni maltratar.

Aquel verano mi prima se vistió de sirena para el baile de disfraces de agosto y cuando llegó la noche dijo que no se iba a quitar su nueva piel, que dormiría con ella para así protegernos de los sueños malos. Mi tía dijo que no y ella dijo que sí y mi tía argumentó que no de nuevo y ella argumentó que sí y durmió con su nueva piel y cuando se hizo de día bajé corriendo hasta su apartamento. Le pregunté si había visto los sueños malos y si nos había podido proteger de ellos. Muy triste me dijo que no, que por mucho que se disfrazara ella no era sirena y que se había quedado dormida. Sentí pena por las dos y sabiendo que nadie iba a echar de menos esa nueva piel, la cogí, me acerqué hasta el mar y la tiré y prometo que una sirena emergió hasta la superficie, agarró esa nueva piel y desapareció y allí, en ese trozo de mar, forjé el sueño de las cosas que son imposibles y que sin embargo suceden, aunque solo sea en el alma de las sirenas que nadie.

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