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Opinión | TODAS DIRECCIONES

Otra vez Laura

Justo cuando tenía más lío vio otra vez el nombre en el móvil: Mi Laura. Rafa esbozó un mohín de fastidio y deslizó un índice terminante sobre el indicador rojo para desechar la llamada. No estaba la cosa en la oficina para perder tiempo, tranquilidad, familia, que ya mismo tienen ustedes sobre la mesa los mejores precios del mercado.

Tampoco quiso atender la llamada en el Elefante Azul, después, cuando salió de la oficina con la cabeza como un bombo, tras el esfuerzo pedagógico y el derroche de paciencia que le supuso que todos aquellos jubilados entendieran que la culpa de que no hubiera ofertas, ni de balnearios, ni de costa, ni de interior ni de nada, era del Imserso y no de las agencias, «qué más quisiera yo que poder ofrecerles gloria bendita, familias». No consiguió que los presentes se conformaran. Sintió otra vez el mismo cansancio. Menos mal que lavar el coche le aseguraba cierto bienestar, la engañosa sensación de que todo estaba bajo control. Notó la vibración del móvil en el pantalón cuando quedaba poco tiempo para que se acabara el tiempo del tercer euro, terminando el aclarado. Se pasó el potente dispensador de agua a la mano izquierda y con la derecha volvió a usar el dedo para silenciar la llamada y que desapareciera el nombre de la pantalla: Mi Laura.

Al día siguiente, otra vez las siete letras luminosas de Mi Laura en la pantalla, desayunando en el bar de siempre. Pudo haber cogido el teléfono, pero no lo hizo. Prefirió apurar tranquilamente el té cuando estaba a la temperatura óptima. Era uno de los escasos ratitos agradables de la mañana y no tenía por qué perderlo. Había llegado a una conclusión: «Cada cual va a su aire mirando por sí mismo y tengo que empezar a hacer lo mismo, que ya está bien de hacer o dejar de hacer para agradar a los demás, ni a Laura por mucho que me quiera ni a nadie, se acabó». Rechazar la llamada le volvió a generar cierta satisfacción, precaria y pueril, ciertamente, pero satisfacción al fin y al cabo, la satisfacción de decidir, de tener la sartén por el mango.

Aquella tarde tenía cita con la psicóloga, una buena profesional con la que no terminaba de sentirse cómodo para sincerarse. La mujer le preguntó cómo había pasado la semana, que si había tenido muchos pensamientos intrusivos y que si lo había vuelto a hacer. Rafa pensó en mentir, pero terminó reconociendo que sí. La psicóloga le volvió a recomendar que acabara con aquello porque aquello no lo beneficiaba en nada para superar la ruptura. Antes de acostarse, el paciente, colaborador y disciplinado, escribió lo siguiente en su cuaderno de verdades incómodas: «Es un error grabar el número de las encuestas de Endesa como si fuera el de Laura. Laura ya no me quiere».

*Profesor

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