Opinión | Calma aparente
Desayuno en cadena
Hacía tiempo que no me sorprendía tanto una cafetería, y los culpables no fueron ni el café ni las tostadas. Tampoco marcaron la diferencia las vistas, aunque es cierto que la avenida Medina Azahara suele ser entretenida. Pero nada de eso me desconcertó. De hecho, el negocio no llamó mi atención, digamos, por un matiz diferenciador, sino por algo tan esencial que no sé si es correcto llamar cafetería al lugar en el que estuve. Quizá tenga otro nombre, uno en francés.
Tan pronto como entré, descubrí que no podía sentarme directamente en una mesa libre, como de costumbre. Tenía tareas con las que cumplir; en concreto, coger una bandeja de plástico y hacer cola hasta que llegase mi turno. Es decir, el funcionamiento del negocio era similar al de un cuartel o un módulo de un centro penitenciario. La desnaturalización del concepto de cafetería, tal y como se entiende en Córdoba, era tan radical que constituía, más que un pequeño detalle, un cambio de paradigma. La filosofía que regía el negocio no era antropocéntrica, no situaba al hombre en el centro (en este caso, al hombre que desayuna), sino que respondía a una lógica turbocapitalista, que es la corriente capitalista de siempre pero más descarada, horterilla. Los objetivos estaban claros: trato despersonalizado, menos gasto en plantilla y más beneficios. Cualquiera podría pensar que es lo normal, que el dinero siempre es lo más importante de un negocio, y tendría razón. Ahora bien, me sorprende que un humano nacido en Córdoba se sume a un desayuno en cadena sin coacción de por medio. No se trata de una cuestión de elitismo. No necesitamos un Caffè Florian de Venecia ni un Procope de París. Sencillamente, lo habitual en las cafeterías es que sirvan un buen desayuno, a buen precio, y sin conducir a nadie como a un pollo en un matadero. Sí, es una cosa rara que pasa en Córdoba. Aun así, algunas franquicias cuajan. Es inevitable. Tan solo espero que estos coqueteos con la globalización, aparentemente inofensivos, no estén incubando en realidad un cambio general irreversible.
Era una de tantas cafeterías Granier, marca exitosísima según tengo entendido. No sé si los demás locales funcionan igual. Lo que sí suele suceder con las franquicias es que se repite su historia: orígenes humildes y finales despojados de encanto. Donde estuve, la tostada tenía un tamaño perfecto para quedarse con ganas de desayunar otra vez. Las sillas eran cómodas, eso sí, y la conversación justificó el desayuno. El lugar inspiró nuestro próximo encuentro: un área de servicio que hay por Benamejí.
*Escritor
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