Opinión | Editorial
Trump, contra el Papa
El presidente de EEUU ha encontrado en el Pontífice al peor de los adversarios para justificar la guerra
El enfrentamiento de Donald Trump con el papa León XIV, referencia moral máxima para la comunidad católica -el vicepresidente J.D. Vance forma parte de ella-, ha abierto un nuevo frente en la gestión desnortada de la crisis de Oriente Próximo. Las groserías y críticas destempladas dedicadas por Trump al Pontífice y la reacción contenida de este a tales improperios abren una brecha entre los llamamientos del Vaticano a detener la matanza y la agresividad de las iglesias evangélicas neopentecostales, tributarias de la extrema derecha y del nacionalismo cristiano, que establece un vínculo entre la crisis en curso y una suerte de mandato bíblico. Se concreta así un choque entre dos visiones incompatibles del cristianismo: el que apoya la política exterior de la Casa Blanca y el que se atiene al discurso antibelicista de la muy experimentada diplomacia vaticana.
Resulta tan sorprendente la justificación religiosa de la guerra que hace Trump para arremeter contra el Papa como la opinión de Vance de que «en algunos casos sería mejor que el Vaticano se ciñera a cuestiones de moralidad». Porque, si no es un asunto de moralidad de primer orden oponerse a la guerra y a la muerte de inocentes inermes, ¿qué lo es? Por fortuna, las guerras legitimadas por la religión han pasado a la historia, aunque siguen teniendo adeptos -caso del yihadismo-, y solo un conservadurismo radical explica la resurrección de argumentos periclitados para justificar la guerra.
Tiene todo ello un indudable poder divisivo, así en la sociedad estadounidense, en general, como en el seno de la grey católica, en particular. Son de sobra conocidas las divergencias en el seno de la jerarquía católica estadounidense, con gran influencia en los comportamientos electorales, sobre todo más allá de las grandes ciudades y de los estados más poblados, y es por demás evidente el arraigo de las iglesias evangélicas en la América profunda. Una realidad que se da en una sociedad en la que el 80% de la población asiste, por lo menos, una vez al mes a un oficio religioso. Esto es, la religión se ha personado más que nunca en la campaña electoral para la cita de noviembre próximo, tan trascendental.
Ese carácter divisivo y de confrontación desborda la política interna y ha tenido un primer eco significativo en las críticas destempladas que Trump ha dirigido a Giorgia Meloni, con la que congenió, en cuanto ha salido en defensa del Papa. Hay en ese disenso un aviso de cómo pueden reaccionar otros dirigentes europeos, cercanos o lejanos a Trump, pero con un censo católico influyente y respetado; aparece en el horizonte un motivo más de alejamiento de los europeos de la diplomacia de choque de la Casa Blanca. Porque al margen de la aconfesionalidad de los estados y de las estadísticas menguantes de la práctica religiosa en el ámbito europeo, la herencia cultural tiene una influencia decisiva en los comportamientos políticos de los gobernantes y de los votantes. Ha encontrado Trump en el Papa al peor de los adversarios para justificar la guerra y ha activado una vez más un mecanismo de rechazo de sus políticas ante opiniones públicas estupefactas y una extrema derecha europea aturdida.
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