Opinión | Tribuna abierta
El éxito evolutivo que nos hace estornudar
La primavera no entra, irrumpe. En apenas unos días hemos pasado del calor casi veraniego de la Semana Santa al frío, la lluvia y el polvo del Sáhara cayendo sobre coches y balcones. La famosa «lluvia de barro» nos recordó que el aire también se ensucia y que puede agravar problemas respiratorios, como la bronquitis o el asma. Pero lo verdaderamente importante viene después, cuando ya no se ve.
Ahora llega lo invisible.
Con el sol y la estabilidad, muchas plantas activan una estrategia reproductora que han perfeccionado durante millones de años, es decir, la floración. Y florecen bien. A veces, demasiado. El resultado no es solo un campo verde y amable, sino un aire cargado de polen que, en ocasiones, complica la primavera para muchas personas.
Curiosamente, esto nos acompaña desde hace siglos, aunque no supiéramos explicarlo.
El emperador Augusto ya sufría catarros primaverales, haciendo referencia al «catarrhus» estacional. También Séneca, que hablaba de su «suspirium» con una precisión casi clínica. Pero nadie sabía qué lo provocaba. Durante mucho tiempo se culpó a perfumes, a vapores o, sencillamente, al capricho del clima.
Algo más tarde se empezó a señalar el posible papel de las plantas, aunque sin precisar cómo. El médico persa Al-Razi habló de la «fiebre de las rosas», sin llegar a sospechar que su floración coincidía con la de las gramíneas. Maimónides recomendaba serenidad como parte del tratamiento. No iban mal encaminados, pero el responsable era otro: microscópico, ligero y omnipresente.
Hubo que esperar al siglo XIX para que John Bostock, y después Charles Blackley, señalaran al verdadero culpable: el polen, y popularizaran el término «fiebre del heno».
Desde entonces lo sabemos. Y, sin embargo, cada primavera volvemos a sorprendernos.
La clave está en las plantas anemófilas, es decir, aquellas que utilizan el viento para dispersar su polen, entre las que destacan las gramíneas. Son plantas discretas, que pasan fácilmente desapercibidas. No tienen pétalos vistosos ni producen néctar. En su lugar, han desarrollado estructuras muy eficaces: estambres que liberan grandes cantidades de polen ligero, que, además, contiene alérgenos, y estigmas plumosos que facilitan su captura.
Es una estrategia basada en la cantidad y la probabilidad: cuanto más polen se produce, mayores son las opciones de éxito.
Pueden llegar a liberar millones de granos de polen al viento. A ciegas. Sin control. Una estrategia simple, pero extraordinariamente eficaz. Tan eficaz que les ha permitido colonizar medio planeta y sostener nuestra alimentación: trigo, arroz, maíz.
Este es, probablemente, uno de los mayores éxitos evolutivos de la Tierra. Y, como suele ocurrir, ese éxito tiene efectos colaterales. El mismo polen que asegura su supervivencia es el que pone en alerta a nuestro sistema inmunitario. Se trata de un error de interpretación, en parte favorecido por nuestro estilo de vida. En algunas personas, el cuerpo reacciona como si se enfrentara a una amenaza real: estornudos, picor, fatiga, asma. La biología vegetal se cruza con la humana... y, de momento, gana la primera.
Por si fuera poco, el clima está afinando aún más el problema al alterar los ciclos de floración de muchas plantas. Las estaciones se desdibujan. La familia de las gramíneas es enormemente diversa y, en función del tiempo, unas especies florecen antes y otras más tarde. Cuando hay suficiente agua, la primavera se alarga. El polen permanece. Y lo que antes era un episodio breve se convierte en una temporada larga: más días, más exposición, más pacientes.
Al final, la escena es casi paradójica. Celebramos la primavera como símbolo de vida, de renacimiento, de equilibrio natural. Y lo es. Pero también es el recordatorio de que ese equilibrio no siempre juega a nuestro favor.
Porque, en el fondo, cada estornudo primaveral es una pequeña evidencia de algo mayor: que cuando la naturaleza funciona perfectamente.... no siempre estamos invitados a disfrutarla.
*Catedrádica de Botánica de la Universidad de Córdoba
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