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Opinión | EL CUERPO EN GUERRA

Silencio o conciencia

Mi discurso en estos últimos tiempos incomoda al parecer. Y no sólo a desconocidos, también a algunas amigas. Me prefieren callada y sola que sola y escribiendo públicamente. Esto me ha hecho reflexionar.

Cuando el dolor llegó a mi vida la puso patas arriba. Un tsunami: no paró hasta arrasar con todo. Pero me hizo más sabia y empática. Según mi experiencia (y la de muchos compañeros), el primer paso para aceptar la nueva realidad es decirlo en voz alta, ser honesta con una misma; decirse lo que ocurre tantas veces como sea necesario hasta asumirlo.

En mi caso con el dolor, no me quedé ahí. Aposté todo a intentar ser útil: hacer que a los que vinieran, la próxima hornada de personas con dolor crónico, lo tuvieran más fácil de lo que lo tuve yo. Que no necesitasen llamar a tantas puertas, que los creyeran desde el principio, que su entorno no los juzgara. Quería concienciar, sensibilizar al respecto, que las personas que están sanas supieran el enorme privilegio que supone que todo su cuerpo funcione como debe, acompasado. Así que empecé a hablar de ello públicamente, a mostrar lo que suponía vivir con dolor las 24h del día entre la cama y consultas médicas y hospitales. Y escribí mucho sobre ello, publiqué fotos.

Ahora la vida (la de después de la neumonía, la sepsis y el ictus), me ha puesto el reto de vivir con dificultades cognitivas, amnesia retrógrada (he perdido los dos últimos años) y dolores de cabeza frecuentes. Por supuesto, no me ha quitado el dolor. Y además, me ha arrebatado a un amigo muy querido a quien le diagnosticaron cáncer mientras yo estaba en coma conectada a un respirador. Él murió y yo respiro sola, aunque preferiría que hubiera sido al revés.

Toca decirlo en voz alta, en primer lugar por mí, en segundo lugar para deje de ser un tabú para mi entorno y también para que la sociedad asuma que estas cosas pueden ocurrir en cualquier momento y que a veces es a cara o cruz lo de sobrevivir a ellas (y cómo) o no. Que la tragedia ronda nuestra vida y la de nuestros seres queridos y continuamente pendemos de un hilo. Vivir todo ello a la vez, obviamente, conlleva unas secuelas psicológicas demoledoras que también hay que mostrar.

Parece que esta vez es distinto. Hablar desde este lugar, el de la visibilización, el de las secuelas psicológicas de un suceso tan traumático en una vida de por sí difícil hace que determinadas personas prefieran no mirar ni leerme. ¿Acaso el dolor despertaba compasión y lo de ahora miedo? Nunca he buscado (ni quiero) lo uno ni lo otro. Tampoco he pedido acompañamiento. Soy periodista: me remito a los hechos. Para que la sociedad madure hace falta mostrarlos. Obviamente, no voy a parar.

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