Opinión | el ángulo
Nadie es invisible
Hay algo muy contradictorio en la forma en que hablamos de la inmigración. Se discute en cifras, en titulares o en términos abstractos pero pocas veces se habla de lo esencial, de las personas que ya están aquí y que forman parte de la vida cotidiana, aunque muchas veces no las veamos.
La regularización extraordinaria aprobada por el Gobierno pone sobre la mesa esa realidad incómoda. No trae a nadie nuevo, no abre ninguna puerta desconocida, solo reconoce a quienes llevan años viviendo en España sin papeles, trabajando en silencio, sosteniendo sectores enteros y, aun así, viviendo en los márgenes.
Porque la cuestión de fondo es permitir la invisibilidad. Hay miles de personas que cuidan a mayores, recogen fruta, limpian casas o trabajan en la hostelería, y que sin embargo no existen del todo a ojos de la ley. Están, pero no cuentan. Y eso tiene consecuencias tan reconocidas como la precariedad, el abuso y en ellos el miedo constante. Regularizar no es solo un gesto ideológico, es, en gran medida, dejar de mirar hacia otro lado.
Se ha dicho que esta decisión puede generar problemas, como el maltratado efecto llamada o la sobretensión de los servicios públicos. Es un debate legítimo, pero también lo es preguntarse qué ocurre cuando se mantiene a cientos de miles de personas en la irregularidad. ¿Es más seguro? ¿Más justo? ¿Más sostenible? La experiencia dice lo contrario, la irregularidad no ordena nada, solo les empuja a vivir en condiciones más frágiles. Por eso esta es la séptima regularización extraordinaria de inmigrantes aprobadas con gobiernos del PSOE y del PP.
Estas personas ya forman parte de la sociedad española. Tienen redes, rutinas, vínculos como usted y como yo. Sus hijos van al colegio, hacen vida en los barrios, comparten espacios. Pensar que la regularización crea algo nuevo es una ficción, lo que hace es dar forma legal a lo que ya existe.
En un momento en que muchos países europeos optan por cerrar filas y endurecer el discurso, esta decisión puede parecer extraña, incluso incómoda. Pero también invita a interpelarnos qué tipo de sociedad queremos ser, cuando siempre se hace alarde de nuestra solidaridad. No se trata de idealizar la medida que no resolverá todos los problemas ni evitará todos los conflictos, pero sí reducirá la distancia entre la ley y la vida real. Y eso, como ya pronostico Adolfo Suárez, es un avance.
Regularizar no es abrir la puerta a un problema sino cerrar una anomalía. Es asumir que una sociedad moderna no puede construirse sobre la invisibilidad de cientos de miles de personas. Y, sobre todo, entender que la cohesión se construye integrando, no excluyendo.
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