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Opinión | No ni na

Rafael Ruiz

Rafael Ruiz

Periodista

Una teoría sobre mayo

No se entiende, no, que el tradicionalismo cordobés no esté generando aún atribuladas teorías sobre la crisis de la Feria en el año del bajón final de las casetas. Este pueblo, mayormente sus electos e intelectuales orgánicos, siempre ha sido muy del debate del modelo de la Feria como metonímico acercamiento a la globalidad de la ciudad. La Feria es, digamos, la forma de hablar de Córdoba dando un rodeo por el páramo del Arenal. El alcalde ha sembrado unos palitos, árboles ilusorios, para contribuir a la cosa.

Los romeracos -cordobitas que suspiran por glorias pretéritas manifiestamente inexistentes- aspiran a la reglamentación total que les permita hacer lo que le venga en gana. El modelo incluye casetas que parecen restaurantes -privativas, pero bien subvencionadas-, exaltación neoliberal del negocio y control de etiqueta, como si fuésemos a las carreras de caballos. Es, digamos, la Feria del Instagram o el paraíso del tonto solemne, parafraseando el verso de Nicanor Parra.

Luego están los no menos intensitos de la Córdoba no nuclear, para los que todo es un manifiesto. Y la vida, una asamblea. Palestina, del río a la mar y todo eso. Esos sitios donde ves a gente que entró de alto cargo con Herminio Trigo y sigue dando la turra como próceres patricios. Esa peña tan rara que te habla de cuidados como si acabasen de inventar la pólvora. La Feria plebiscitaria, comunal, olivarera.

Uno, que ha sido siempre de visitar palacios y arroyos -a ser posible, el mismo día-, comprende el sino de los tiempos. De manera que aquí va una teoría sobre las fiestas populares que garantice el éxito mediante la técnica de la duplicación. Podríamos reservar El Arenal para la cosa pija de manera que nuestras élites, mayormente funcionariales, puedan pasar unos días de asueto entre sus pares, sin pobres a la vista, entregados con fruición a la endogamia más pecaminosa y protegidos por servicios de seguridad.

Paso dos: convertir el Mayo Festivo en un botellón non stop alargando la vida útil de las Cruces, digamos, durante cinco o seis semanas más, quizá con vocación de permanencia, incentivando con impagos la ausencia de efectivos de la Policía Local. Si logramos un grado de concentración suficiente en la Córdoba vieja, pongamos de decenas de miles de personas desde Semana Santa hasta junio, se puede lograr un éxito lo suficientemente potente para reconocernos como destino turístico aceptable basado en la permisividad con las meadas en fachadas, la interrupción de la ordinaria convivencia y la garantía de la suficiencia financiera de nuestras fuerzas vivas.

Abandonemos las quimeras reformistas, ilustradas, de una buena vez, que solo contribuyen a la melancolía. Si la gente quiere circo, afrontémoslo, así sea. Total, es lo que ya está pasando.

*Periodista

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