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Opinión | la vida por escrito

Qué significa estar bien

Qué quiero decir cuando digo que estoy bien. Definir el concepto de bienestar mental no es nada fácil. La dificultad tal vez radica en el hecho de que cada cual tiene en mente algo diferente cuando sueña con sentirse bien y ser feliz.

Un reciente estudio internacional liderado por la Universidad de Adelaide y la organización Be Well Co, publicado en Nature Mental Health, viene a poner orden en ese caos conceptual. Y no es un matiz menor: cuando no sabemos exactamente qué estamos midiendo, difícilmente podemos mejorar nada. Como apuntaba el investigador Matthew Iasiello, si hubiera 150 formas distintas de medir la presión arterial, la medicina sería inviable. Con el bienestar mental llevábamos décadas en esa situación.

Lo relevante de este trabajo no es solo su ambición, sino el método que emplea: 122 expertos de 11 disciplinas distintas, desde la psiquiatría hasta la filosofía o la salud pública, han llegado a un consenso sobre qué significa realmente tener una buena salud mental. Y la conclusión desmonta varios lugares comunes.

Para empezar, el bienestar mental no es una emoción. No es estar contento. No es levantarse cada mañana con entusiasmo. Es algo mucho más complejo y, por lo tanto, más interesante. Es una combinación de cómo nos sentimos, cómo funcionamos y cómo nos relacionamos. Y de este consenso emergen seis pilares fundamentales: tener un propósito en la vida; sentir que, en términos generales, nuestra vida merece la pena; aceptarnos sin andar juzgándonos continuamente; mantener vínculos cercanos y significativos; percibir que tenemos cierto control sobre nuestras decisiones; y, sí, también experimentar emociones positivas con cierta frecuencia, pero solo como una pieza más del engranaje, no como el todo.

El segundo mito que cae con este estudio es especialmente relevante en una época obsesionada con el rendimiento emocional: no hace falta estar bien todo el tiempo para disfrutar de una buena salud mental. De hecho, esa expectativa es, probablemente, una de las fuentes modernas de malestar. Según el estudio, el bienestar consiste más en saber navegar las dificultades que en evitarlas. No es una vida sin problemas, sino una vida que se puede sostener incluso cuando los problemas aparecen.

Hay otro aspecto particularmente interesante: factores como el dinero, la vivienda o la salud física no forman parte del bienestar mental en sí, aunque influyen en él. Es una distinción sutil pero crucial. Confundir condiciones con resultados nos ha llevado muchas veces a políticas ineficaces, centradas en lo que rodea al bienestar, pero no en lo que lo constituye.

Una cuestión relevante es que sin una definición compartida no hay política pública eficaz, ni programas útiles, ni siquiera una conversación honesta. Gobiernos, empresas y sistemas educativos llevan años intentando mejorar el bienestar sin una idea clara de lo que eso significa. Este estudio ofrece, por primera vez, algo parecido a un plano.

Pero hay también una lectura más cotidiana. Entender el bienestar como un sistema de piezas, en vez de como un estado idealizado, permite algo muy práctico: identificar qué está funcionando y qué no en nuestras propias vidas. Tal vez no nos falte felicidad, sino conexión. O propósito. O una mínima sensación de control.

Porque, como recuerda Dan Fassnacht, uno de los autores del estudio, hay una verdad incómoda que sobrevuela toda esta investigación: no se puede construir aquello que no se sabe definir. Llevamos muchísimo tiempo intentado mejorar el bienestar mental sin tener claro qué era. Ahora, por lo menos, empezamos a saber de qué estamos hablando. Y eso, tanto en la ciencia como en la vida, lo cambia casi todo. Si sabemos definir el problema, tenemos ya la mitad de la solución.

*Profesor de la UCO

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