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Opinión | punto y coma

Anónima en Madrid

No es la primera vez que hablo de Madrid. En julio de 2025 destacaba cuánto me había seducido el anonimato que descubrí al llegar a la capital. En aquella columna apuntaba que no sería extraño que el precio de la vivienda en Córdoba se encareciese, teniendo en cuenta que desde nuestra tierra un tren podía llevarnos al centro de Madrid en menos de dos horas -con permiso del ministro implicado-. Volví a referirme a él el pasado mes de enero de 2026, a raíz del trágico accidente en el que chocaron dos trenes.

Podría recrearme en la ineptitud de unos y otros. Lo tendría fácil, también, para parodiar –por no llorar– todo cuanto hemos visto estos días en los juzgados. Pero quizás no merezca la pena. Dejemos los juicios a quienes deben rendir cuentas y permitámonos recordar el encanto que supone volver a ser una anónima en Madrid. Hace poco regresé y tuve la sensación de viajar al pasado. Allí volví a abrazar a Isabeliu, compañera de interminables risas de juventud. No había pasado el tiempo. Caminé de nuevo por el campus de la universidad que fue mi alma mater, para, como hacía antaño, ponerme a prueba. Y el calor de la compañía de mi hermano mayor –que aguantó como un jabato hasta que pude decirle «lo he luchado»– me recordó que al otro lado siempre hay quien espera, sostiene y celebra. Y coroné una estancia casi perfecta reencontrándome con mi primer y gran amigo de nuestra promoción de Filología Clásica. En un escenario tan amable como el Café Comercial, volvió a suceder lo mismo: no había pasado el tiempo.

He regresado ‘aquí abajo’ y atrás quedó, de nuevo, el anonimato. ¿Habrá sido un sueño? Enciendo el televisor. Observo cómo continúa avanzando mi país. Y no puedo evitar desear, por un instante, que, ahora sí, casi todo sea un sueño.

*Lingüista

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