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Opinión | CALIGRAFÍA

Averroes en el limbo

Leerán esta columna dentro de unos días, pero la estoy escribiendo el 14 de abril, día exacto del 900 aniversario del nacimiento de Averroes. Él no creía en la inmortalidad personal, sino en un intelecto humano eterno, con el que las personas nos relacionamos según nuestra naturaleza. Es una hermosa forma de gloria: cuanto más piensa uno por la humanidad, más tiene la humanidad de uno, y menos de nosotros desaparece. Es más inmortal así una buena madre que un mal político, cosa que no evita los destrozos, pero consuela. Sibilinamente, Averroes, el gran comentarista de Aristóteles, distingue entre personas de demostración, dialécticas y de exhortación, siendo las de demostración, sorpresa, los filósofos o algo parecido a los filósofos. Fue prominente en vida y aquí andamos, hablando de él nueve siglos después. A mí me gusta porque es uno de los personajes que salen en el la Divina Comedia, en el canto cuarto del infierno, antes de encontrarse con Minos. Dante sitúa en el Limbo a gente admirable sin causa de condenación, pero que no fueron bautizados o nacieron antes del cristianismo. Dante habla de cuarenta personas: cinco poetas, catorce personajes más o menos heroicos y veintiún filósofos. Pues de los cuarenta, dos de Córdoba: Séneca y Averroes. El 5% de la mantequilla más amarilla, ahí queda.

Dante llama al conjunto la filosófica familia de Aristóteles, y yo estoy convencido de que la insistente cita de Dante de Aristóteles en la Comedia es por haber leído a Averroes. Claro que en ese lío de gente tan lista, la verdad, imagino a Averroes mirando a Heráclito y Demócrito de reojo, pensando si va y se lo dice, o no se lo dice.

*Abogado

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