Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | PASO A PASO

Herencia rota

Hay épocas en que los hijos discuten con sus padres; y hay épocas en las que empiezan a mirarlos como a los últimos habitantes de un mundo clausurado. La diferencia es decisiva. En la primera, aunque haya estrépito, subsiste un hilo; en la segunda, lo que se rompe no es la concordia, sino la sucesión. El hijo deja de sentirse heredero y empieza a sentirse expulsado. El padre deja de sentirse eslabón y acaba reducido a superviviente. Así, donde antes hubo transmisión, comparece el agravio.

Nos hemos acostumbrado a describir esta dolencia con palabras higiénicas: brecha, generaciones, expectativas, movilidad. Pero ese vocabulario sólo sirve para adecentar la herida, no para curarla. Lo que padecemos no es una simple desavenencia entre edades, sino la demolición de un pacto tácito según el cual cada generación entregaba a la siguiente una casa menos inhóspita que la recibida. Hoy muchos jóvenes contemplan el porvenir como una habitación amueblada para otros: alquileres que devoran la vida, trabajos sin espesor y sensación de intemperie.

Se dirá que nunca hubo tantas comodidades, tanta técnica, tanta facilidad. Pero una civilización no se juzga por la velocidad con que distribuye pantallas, sino por la esperanza con que entrega el mundo a sus hijos. Y una sociedad que obliga a los jóvenes a aplazar la descendencia y hasta la dignidad del arraigo, no les está legando prudencia, sino desposesión. Simone Weil escribió que el arraigo es la necesidad más importante y más desconocida del alma humana. Nosotros, en cambio, hemos levantado un orden que convierte la vivienda en activo, la estabilidad en privilegio y el hogar en una promesa que se aleja.

Lo más amargo de esta fractura es que termina corrompiendo los afectos. Los mayores son tentados a defender sus conquistas como si fueran méritos personales, olvidando cuánta historia los sostuvo. Los jóvenes son empujados a contemplar a sus mayores con una mezcla de rencor y sospecha, como si toda herencia fuese una usurpación. Y así, entre el narcisismo de unos y el resentimiento de otros, se evapora la gratitud, que no consiste en aceptar la injusticia, sino en reconocer que la vida sólo se vuelve humana cuando se recibe y se entrega.

Tal vez por eso la brecha generacional sea la máscara sentimental de una bancarrota más honda. No han fallado sólo las familias, ni los gobiernos, ni los mercados: ha fallado una idea de civilización que prometía progreso y ha terminado administrando soledad, precariedad y desarraigo. Bernanos advirtió que la civilización moderna es una conspiración universal contra toda forma de vida interior. Yo sospecho que también lo es contra toda forma de relevo moral. Porque cuando una sociedad ya no sabe dar sitio a sus hijos, tampoco sabe pedir cuentas a sus padres; y cuando nadie releva a nadie, la historia deja de ser herencia y se convierte en un ajuste de cuentas entre náufragos.

*Mediador y escritor

Tracking Pixel Contents