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Opinión | Sedimentos

La difícil adolescencia

En ciertos foros se afirma que el nivel económico de los hogares establece una diferencia significativa en los resultados académicos de los niños. Parece obvio que la abundancia de recursos aporta notable ventaja en todo orden y materia, opción de la que carecen aquellos cuya máxima prioridad consiste en subsistir cotidianamente como buenamente puedan. Pero, más allá del hambre fisiológica, cuya plena satisfacción es básica para la salud, existen otros imperativos, más bien ligados con el bienestar mental que con el físico.

Por supuesto, cabe destacar la absoluta preeminencia de todo lo relacionado con el devenir afectivo en el seno familiar, rasgo del que es muy difícil desligar la presencia y el trato de quienes han de proporcionar tal cariño vital sin mucho tiempo para ello, pues las crecientes complicaciones de conciliación de la vida familiar y desarrollo profesional no facilitan en absoluto las cosas: además de un horario de contacto personal restringido, los progenitores retornan a casa muy cansados. La progresiva reducción de la jornada escolar tampoco ayuda, en tanto que muchos educadores de los propios centros están desarrollando programas y organizan actividades extraescolares para paliar en lo posible una situación cuya vertiente más dramática se plasma en las estadísticas de suicidio juvenil, pero más comúnmente es origen de insatisfacción, inmadurez, carencia de criterio propio y adicciones.

Quienes piensan que el dinero y los bienes materiales constituyen una varita mágica para transportar a su dueño a un mundo feliz, están muy equivocados, pues, al margen del resentimiento que aflora con facilidad entre los desfavorecidos, esta problemática atañe a todas las clases sociales y requiere para su solución un esfuerzo compartido por todos, especialmente por parte de los directamente implicados.

*Escritoria

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