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Opinión | Cosas

Ausentes

Claudia Montes es asturiana. No sabemos a qué dedica el tiempo libre pero sí quién presuntamente se enamoró de ella. Sí sabemos -o eso dice su declaración testifical- que durante su jornada laboral se dedicaba a leer libros de trenes. Astucia compasiva o agradecida coherencia con la empresa que facilitaba sus escaqueos. Claudia es asturiana -fue Miss Asturias como envenenado regalo curricular-. Imagino que los suyos serían los ferrocarriles de vía estrecha de la cornisa cantábrica; los túneles y el heno y, si me apuran, el hollín que ennegrecía y ennoblecía la filmografía asturiana de Garci.

El exdirector general de esa empresa pública del mundillo ferroviario exculpa las tocatas y fugas de la señora Montes. Ante el juez, fundamentó las ausencias laborales de Claudia en el cuchitril que le asignaron para su puesto de trabajo: en el rellano de una escalera que no era la de Buero Vallejo; una ocupación que tampoco tenía agotadoras reminiscencias tayloristas y a lo sumo, entre sopores y gráficos ilustrados de locomotoras, solo requería ver pasar el tiempo, como la puerta de Alcalá.

Si Claudia alguna vez subiera a los altares, aunque fueran los catódicos, su perejil de San Pancracio se lo pondrían los abonados al absentismo laboral. La casuística en la mayoría de los casos no alcanzará el astracán de la amiga de Ábalos, pero ello no impide hurgar en una llaga que se come a justos por pecadores pero que indudablemente está zarandeando el mercado laboral. Las cifras las carga el diablo, pero entre bajas laborales, sustituciones, pérdidas de productividad y productos no desarrollados, solo en el año 2023 las pérdidas derivadas del absentismo pudieron costarle a la economía española unas cifras superiores a los ciento cincuenta mil millones de euros. Y una nota característica de este fenómeno es su concentración, como las pastillas del Avecrem: el 16% de los trabajadores acumula el 70% de las bajas. Asimismo, se puede blandir la ruptura de los tópicos, pues frente a los sambenitos festeros que nos endiñan a los andaluces, este ranking de ausencias lo encabeza el País Vasco, estando las Comunidades del perímetro norte por encima de la media. En el periodo 2014-2022, España fue el tercer país de la Unión Europea con más trabajadores ausentes y el cuarto con mayor gasto respecto al porcentaje del PIB derivado de esta contingencia. Alemania, que ocupa el segundo lugar en esta segunda tabla, ya empieza a tomar conciencia de la gravedad de esta situación, comenzando a plantear alternativas que, con una brocha gruesa y demagógica, se tildarían como anatemas contra el Estado del bienestar.

El punto de mira está en esos complementos que garantizan la integridad del salario, una bicoca para los que te agarran el pie cuando les tiendes la mano. Lo fácil en estos casos es rasgarse las vestiduras y endiñarle a la digresión etiquetas reaccionarias. Pero vamos tarde en esta objetivación y en un mayor empeño contra la picaresca, que queda muy bien en nuestro acervo literario, pero un lastre para una justa reorientación de estas prestaciones: las habas contadas están impidiendo un verdadero desenvolvimiento de las bajas por salud mental, así como un recorte en el reconocimiento de incapacidades, casos flagrantes en cierta medida derivados de esa manga ancha con estos émulos del Lazarillo. Para empezar, no estaría mal una mayor coordinación entre atención primaria, medicina del trabajo y los servicios de prevención de riesgos laborales de las organizaciones. Las lecturas ferroviarias de Claudia nos han llevado las manos a la cabeza, pero en el tajo más de una habrá suspirado una letanía sardónica: si yo les contara...

*Licenciado en Derecho, graduado en Ciencias Ambientales y escritor

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