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Opinión | Campo y ciudad

Ricardo Rivera Pereira

La realidad

No hay nada más complejo que definir la realidad que se pregunta por su naturaleza ontológica, si únicamente lo físico es real o si se dan también entidades inmateriales; aunque unida de primera mano a la existencia aparenta ser objetiva y comprobable, tanto como sometida a la subjetividad. A la pronta vista parece ser algo simple de concretar, aunque nunca lo es, pues el edificio que ante el observador se presenta, que se nos enfrenta, incluso mostrando la totalidad de su estructurada fachada, posee dentro de él un profundo, misterioso y oculto sótano, que no impide que pueda escudriñársele, si ese afán es lo que la curiosidad desea, bajo la hipótesis no deteriorada de que toda su aparente urdimbre arquitectónica es únicamente ilusión, aunque su enseñada trama esté constituida por la presencia o la imagen de la sólida materia, que no es más que una fugaz sombra en el muro de la caverna de Sócrates, incluso la meditada idea de la idea, cuando no pensamiento derivado de la experiencia sentida. Y así la ilusión, la irrealidad de lo que se estima como real, transforma por contaminación tanto al observador como a lo observado que nunca totalmente se independizará de aquel.

Estamos y vivimos, como el pez en el agua que no siente, dentro de un inmenso e inconmensurable vacío vibrante, capaz de engendrar reales o virtuales, azarosas e imprecisas partículas, como demostró Heisenberg, inmersas en un omnipresente campo electromagnético, derivado en cinemático, donde reina la luz, siendo ella una pequeña cuota de la total energía del universo, mediante la cual la realidad se hace presente; una onda, y a la par un corpúsculo sin masa, sometida a la cósmica curvatura gravitacional y a su insuperable velocidad fotónica dentro del cuatridimensional espacio tiempo. En ese vacío inmenso todo el material constitutivo de un ser humano, incluso todo lo vivo, orgánico o mineral, todo lo vibrante y real, no sería de mayor volumen que el de una bola de polvo; aunque de ser así esa improbable posibilidad el entero universo en un instante colapsaría. Y todo dejaría de ser y existir.

*Doctor ingeniero agrónomo y licenciado en Derecho.

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