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Opinión | Calma aparente

Duda y silencio

Ir solo al cine no convierte a nadie en una persona especial. Intentar convencer a alguien de lo contrario es de un esnobismo tan torpe como enternecedor. La soledad, a veces, solo responde a una cuestión de organización, como me sucedió a mí la semana pasada. Fui a ver una película el jueves a las diez de la noche, cuando pude, y reconozco que me inquietaba la idea de verme solo en la sala, en el cine, en el parking. Como persona del siglo pasado, todavía pienso que las cosas tienen sus horas, y no eran horas para aquello, por eso salí de casa como un fugitivo. Por suerte, había gente. Los hay que se jubilan de maravilla.

Vi La Grazia, de Paolo Sorrentino, en la que Toni Servillo interpreta al presidente de la República Italiana. Se trata de un político reflexivo, incluso meditabundo, que es un tipo de reflexivo más obstinado, más miedoso. Siempre pide tiempo para pensar, tanto que corre el riesgo de caer en la parálisis. Pero prefiere enfrentarse a la duda antes que dejarse llevar. Uno observa a los políticos locales, a los que tiene cerca, y los ve buscando las mesas apartadas, donde nadie los escucha, respondiendo al teléfono con aires rasputinescos, aferrándose a la idea de que la barrabasada de hoy se olvidará mañana; por su parte, Mariano De Santis, el protagonista, elige mirar de cerca, y no se alía con la desmemoria generalizada, sino que prefiere no olvidar. Dicho esto, debo aclarar que la historia no es de ciencia ficción. Además, la película no se ciñe a la política. Lo personal es mucho más profundo y universal que lo político. Los diálogos se suceden y las preguntas se multiplican, ya sean sobre el paso del tiempo, el peso de los recuerdos o el exceso de atención a la gravedad de las cosas. Sorrentino vuelve a lucirse en la forma y el fondo. Dicen que la música o la cámara lenta son recursos facilones para manipular los sentimientos del espectador. Dicen que Sorrentino cae a menudo en el manierismo vacío. Afortunadamente, el director parece mantenerse al margen de estas cuestiones (la película incluye una escena a cámara lenta fascinante), y vuelve a emocionar al personal, o al menos a mí. La emoción, sí: algo subjetivo, poco académico, crucial.

Al salir, pasada la medianoche, no había nadie en el parking, y me asusté al ver, de pronto, un gato negro, que permaneció tumbado, indiferente a mi sobresalto. De haber ido acompañado, al menos me habría reído después del respingo. La ligereza facilita la respiración, y evita que la duda se convierta en rumia obsesiva. Volví cargado de preguntas y de silencio.

*Escritor

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