Opinión | Para ti, para mí
Pascua: Decálogo primaveral
Todos los domingos recordamos la resurrección del Señor Jesús, pero en el período que sigue a la Pascua, adquieren un significado aún más esclarecedor. En la tradición de la Iglesia, el segundo domingo después de Pascua se denomina «in albis». La expresión hace referencia al rito que seguían los que habían recibido el bautismo en la vigilia de Pascua, a quienes se les entregaba una túnica blanca llamada «alba», (del latín «albus», «blanco»), para indicar su nueva dignidad de hijos de Dios. Actualmente se sigue colocando a los recién nacidos un pequeño «lienzo blanco» sobre su cabeza, mientras escuchamos las palabras del sacerdote: «Recibe esta vestidura blanca que has de conservar sin mancha...», simbolizando así una nueva vida en Cristo y en la Iglesia. Además, en el Jubileo del año 2000, san Juan Pablo II estableció que este segundo domingo de Pascua estaría dedicado a la Divina Misericordia. «Fue un gran acierto, sin duda, inspirado por el Espíritu Santo, comentaba el papa Francisco, que nos invita a retomar con fuerza la gracia que viene de la misericordia de Dios». La «sugerencia» de esta fiesta fue revelada por el mismo Señor a la joven religiosa polaca Faustina Kowalska, contemporánea de Karol Wojtyla, quien ya Papa la canonizaría el 30 de abril del año 2000. La misericordia nos hace comprender que la violencia, el rencor y la venganza no tienen ningún sentido y que su primera víctima es el que los siente, pues lo privan de su propia dignidad. La misericordia también abre la puerta del corazón y permite expresar la cercanía, sobre todo, a los que están solos y marginados. Hoy, el protagonista del evangelio que se proclama en las Eucaristía es el apóstol Tomás, a quien tanto se ha criticado por su «tozudez y su reticencia» a creer en la resurrección de Jesús. A la luz de nuestra época, la silueta de este apóstol adquiere otra luminosidad: la de un hombre que también quiere «vivir la experiencia de sus compañeros: el encuentro con su Maestro». Tomás no cree a pesar de los testimonios, tiene que encontrarse con el amor y la misericordia para poder avanzar y proclamar: «¡Señor mío y Dios mío!». Ojalá cuando suframos, nos topemos con palabras de aliento, ánimo y comprensión. Pero, sobre todo, ese tiempo aciago posibilite el encuentro con el Señor. En este tiempo de Pascua, podríamos elaborar en síntesis, nuestro «decálogo primaveral»: Primero, contempla el cielo azul para encender sueños y crear proyectos; segundo, descubre el silencio, el valor que tanto trabajo le costó descubrir a Mario Alonso Puig, cirujano y divulgador, según confesaba en una entrevista; tercero, puebla tu mente de noticias optimistas, para huir así de un derrotismo que, tarde o temprano, nos conducirá a la «paralización y al fracaso»; cuarto, huye de las «trampas y esclavitudes actuales» más poderosas que nunca; quinta, busca «buenos asesores», «fieles acompañantes», «amistades verdaderas»; sexta, recuerda esta frase: «la sonrisa es el primer paso para la paz»; séptima, «resucita» con urgencia las «zonas muertas» de tu vida; octava, dedica unos minutos diarios a leer el libro de las «palabras de vida eterna» (Evangelio); novena, «no te rindas, sueña», como dijo el papa Francisco, a los jóvenes cubanos; décima, «vive a tope», que no «te vivan», como alertaba irónicamente el cineasta José Luis Garci.
Quisiera tener un recuerdo especial para un monje del Monasterio de Silos, el padre Bernardo García Pintado, cuyo corazón dejó de latir mientras dormía en su celda, en la alta madrugada silense, en vísperas de la pasada Semana Santa. Juntos elaboramos y publicamos un libro con el titulo «Coloquios con un monje poeta» (Paulinas Editorial), con prólogo del Abad, Lorenzo Maté, cuyas sucesivas ediciones tanto gozo interior proporcionaron a mi querido padre Bernardo. Él mismo nos «profetizó» su muerte en estos versos entrañables: «Si me muriera una noche / en los brazos del ciprés, / envolvedme con sus ramas, / y sepultadme a sus pies». El prior de la comunidad benedictina, padre Moisés Salgado, en sus lineas de gratitud a mi «pésame» lo describía así: «Ha sido un ejemplo de fidelidad vocacional, de fidelidad monástica, hasta el último día (de hecho acompañó al órgano el día anterior a su muerte, el de la Anunciación). Su funeral fue multitudinario». Tres versos podrían definir a este monje tan querido: «Soy uno más que cree, que espera y que ama / y que defiende a todo el que reclama / su pedazo de pan y de justicia».
*Sacerdote y periodista
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