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Opinión | Tribuna abierta

Paralelismos

El pasado 29 de marzo, el parlamento israelí aprobó la pena de muerte para los palestinos acusados de matar a israelíes. El promotor de esta decisión, el ministro de Seguridad Nacional Itamar Ben-Gvir, lo celebró con champán. Parece un logro absurdo, además de cruel, incluso anacrónico cuando la tendencia en el mundo es la de abolir la pena capital. Además, ¿acaso el genocidio de Gaza no está acabando ya con la población palestina? No lo suficiente. Las cárceles en Israel están abarrotadas, necesitan sitio y, sobre todo, necesitan ahorrar recursos para mantener a los presos, ahora que la expansión se está dirigiendo hacia el Líbano. La pena de muerte, según el señor Ben-Gvir sería «la solución». ¿No resulta familiar el término solución? Casi automáticamente nos impulsa a decir: final.

Cuando en la duermevela que precede al despertar escuché la noticia, mi mente -que a esas horas funciona algo descontrolada- la asoció con el grito de «¡Viva la muerte!», con el que Millán-Astray, el militar fundador de la Legión, animaba a sus soldados a morir en combate contra el enemigo, ya fuera rifeño o judío comunista. Era como viajar en el tiempo, como si dos momentos históricos se hubieran sincronizado y discurrieran en paralelo: en el pasado encontramos a un ultraderechista, a un representante del nacionalcatolicismo, para el que los enemigos de España eran los comunistas judíos a los que había que aniquilar; en el presente, a otro ultraderechista, un supremacista del Poder Judío (así se llama el partido fundado por él) que cree que la actividad política ha de basarse primero en la venganza contra los árabes y luego, contra los no-judíos. Uno anima a morir en la lucha contra el adversario a ritmo de un charlestón transformado en himno, «Soy el novio de la muerte»; mientras el otro celebra bebiendo la muerte del adversario, ya sea bajo una bomba, ya sea en la horca. ¿Acaso no hay similitudes entre el Lebensraum -el espacio vital que reivindicaba el nazismo para invadir los países vecinos- y la idea del Gran Israel que justifica al gobierno de Netanyahu a expandir sus fronteras destruyendo toda forma de vida para colonizarla? Por eso, mi mente de duermevela se pregunta: ¿serán la misma persona que ha migrado en el tiempo? ¿Será uno la reencarnación del otro?

Millán-Astray admiraba tanto el nazismo como la cultura japonesa, y admitía haber difundido el código del honor samurái a los cadetes de la Academia de Infantería de Toledo donde fue profesor y a los soldados cuando fundó la Legión. La cultura japonesa considera la reencarnación como una especie de darwinismo budista: dependiendo de la manera en que te hayas comportado en vida, volverás a nacer en un estado igual, superior o inferior al que tenías. Incluso podrías descender en la escala evolutiva. Si esto fuera cierto, ¿qué pensaría Millán-Astray de haberse reencarnado en alguien de una raza a la que perseguía, aunque sea igual de ultraderechista y violento?

Podría ser una especulación divertida si no fuera tan trágica y cruel, si no habláramos de la repetición de un genocido por parte de aquellos que fueron víctimas de la Shoah en un pasado tan cercano que no se puede obviar. Y si ahora algunas de estas víctimas no se hubieran transformado en los verdugos de antaño. El nazismo del siglo XX y el actual gobierno de Israel comparten la expansión del odio y la siembra de la muerte a su paso. En ambos casos personificaron, personifican, la barbarie.

*Psiquiatra

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