Opinión | Editorial
La jubilación de los exhaustos
Liberación o incertidumbre. Recuperación del control del tiempo o pérdida existencial. La perspectiva de la jubilación produce sentimientos ambivalentes. Pero, a diferencia del pasado, las connotaciones asociadas a la decadencia están siendo desterradas. La mayoría de las personas llegan al final de su vida laboral con buenas condiciones de salud, una amplia esperanza de vida y capacidad para disfrutar de aquello que el trabajo ha obligado a aplazar durante décadas. Desde el tiempo libre, la familia, la cultura o, simplemente, el descanso.
La jubilación ya no es una renuncia, más bien es el anhelo de cada vez más trabajadores que fantasean con ese momento. No tanto porque rechacen su profesión, sino porque sienten que llevan demasiado tiempo sosteniendo unas exigencias crecientes. Muchos han pasado 30, 40 años encadenando jornadas interminables, presión por resultados, disponibilidad permanente y una transformación tecnológica que obliga a adaptarse sin tregua.
La generación que hoy ronda los 50 o los 60 años comenzó su carrera laboral en un mundo muy distinto. Entonces, el empleo terminaba, en buena medida, al atravesar la puerta de salida. Ahora, siempre queda entreabierta una puerta digital: un correo por responder, un mensaje pendiente, una videollamada de última hora. La frontera entre trabajo y vida privada se ha ido borrando hasta casi desaparecer. Y esa sensación de estar siempre conectado, siempre disponible, acaba por desgastar.
A ello se suma una contradicción difícil de asumir. Nunca se había llegado a la madurez con tanta experiencia y tanta capacidad profesional, pero al mismo tiempo se multiplican las necesidades de adaptarse a cambios difíciles de asumir o incorporar.
A todo el contexto laboral se suma la fatiga por las cargas familiares. Muchas personas en esta franja de edad deben compaginar el trabajo con el cuidado de padres dependientes. En este contexto, la perspectiva de trabajar hasta los 67 años resulta desalentadora. Las encuestas muestran de forma abrumadora que la mayoría preferiría retirarse antes. Sin embargo, la realidad demográfica y económica empuja en sentido contrario. Vivimos más años, nacen menos niños y el sistema de pensiones necesita una población activa más numerosa y durante más tiempo. Retrasar la edad de jubilación parece inevitable.
Ante esta situación, resulta pertinente repensar el mercado laboral. Si la sociedad necesita que millones de personas sigan trabajando hasta edades cada vez más avanzadas, cabría transitar hacia un modelo que ofrezca mayor flexibilidad, que reoriente al profesional hacia funciones menos exigentes físicamente, que ponga en valor la experiencia y que permita aprovechar mejor el talento senior.
Incluso en un mero sentido empresarial, resulta muy poco provechoso tener trabajadores que solo acumulan fatiga. La jubilación seguirá siendo un horizonte deseado, representa la promesa de un tiempo propio después de toda una vida de obligaciones. Pero, mientras no llega ese momento, cabe encontrar el modo de mantener la motivación y la salud.
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