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Opinión | Tribuna abierta

El efecto de la guerra de Irán

Hace apenas un año, desde estas mismas páginas, advertía sobre un nuevo desorden mundial que se nos venía encima espoleado por la crisis de los aranceles. Lamentablemente, el tiempo me ha dado la razón. Hoy nos enfrentamos a algo más que a barreras comerciales, porque la guerra en Irán ha venido a empeorar aún más si cabe nuestro día a día gracias a la irresponsabilidad de unos pocos. Y como siempre ocurre en todo guion mal escrito, la factura del incendio la pagamos todos, también los cordobeses y andaluces cada vez que pasan por el mostrador de la tienda de su barrio.

Los datos del IPC de marzo publicados recientemente son un bofetón en toda regla, con un 3,3% de subida. Para los tecnócratas de moqueta puede parecer una simple fluctuación estadística, pero para las familias o el comercio de proximidad es algo más grave. Detrás de esa cifra se esconde el encarecimiento de la cesta de la compra y, por supuesto, de la energía. El consumo, tal y como lo conocemos hasta ahora en una sociedad avanzada como la nuestra, se está convirtiendo en un lujo. Y no por falta de eficiencia de nuestros sectores productivos, sino por el impacto directo de una geopolítica errática que desprecia el sentido común.

El principal arquitecto de este desajuste tiene nombre y apellido, Donald Trump. El actual inquilino de la Casa Blanca ha decidido que el planeta es su tablero de juego particular, donde las reglas se cambian según su estado de ánimo o el último ‘like’ en sus redes sociales. Su desprecio manifiesto por la OTAN, su ninguneo constante a una Europa a la que trata como a un pariente molesto y su alergia crónica a cualquier consenso internacional nos han arrastrado a una inestabilidad que nuestra economía intenta digerir.

No descubro nada nuevo si afirmo que Trump actúa por puro egocentrismo, ignorando que sus decisiones caprichosas tienen un efecto dominó a nivel mundial que termina impactando en el coste de llenar el depósito en una gasolinera de la ciudad o en el gasto del transporte de las mercancías que llegan a Mercacórdoba.

Además, en este lodazal de intereses cruzados, la ética ha sido la primera baja de guerra. El propio Trump se pavonea, con esa arrogancia que ya no sorprende a nadie, de que sus allegados y su círculo íntimo están haciendo caja con las decisiones políticas que emanan del Despacho Oval.

Como ya sostuve hace un año desde esta tribuna, no tengo pruebas fehacientes, pero tampoco dudas de que la política exterior de la primera potencia mundial se ha convertido en un vehículo de enriquecimiento personal para unos pocos privilegiados. Mientras, las familias hacen encaje de bolillos para llegar a fin de mes y los autónomos sufrimos para cuadrar el balance mensual.

La guerra en Irán es una huida hacia adelante, un movimiento de distracción que ignora las consecuencias humanitarias y, por supuesto, las económicas. En una tierra como la nuestra, donde el transporte por carretera es el sistema que mantiene vivos nuestros pueblos y ciudades, el encarecimiento del petróleo supone una rémora para la competitividad. Llevar el producto al comercio se vuelve una odisea que inevitablemente acaba repercutiendo en el consumidor final.

Los pronósticos de Funcas publicados recientemente son demoledores. En un escenario de conflicto limitado a tres meses, el IPC se mantendrá por encima del 3% hasta bien entrado el verano, lastrando nuestro PIB y frenando en seco una recuperación que ya de por sí era frágil. Pero hay más, porque si la contienda se prolonga o las infraestructuras energéticas clave sufren daños irreparables, el panorama dejaría de ser negativo para convertirse en catastrófico. ¿Y todo para qué?

Este nuevo orden que Trump y otros líderes de su ralea, como Putin o Netanyahu, entre otros, pretenden imponer, va en contra de los principios de respeto y cooperación que Europa ha defendido históricamente, aunque incluso aquí haya quienes todavía les apoyan incondicionalmente con argumentos falaces.

Es imperativo que los países viejo continente rediseñen sus estrategias de manera valiente. Debemos aspirar a una soberanía energética y comercial que nos proteja de los bandazos de Washington, de Tel Aviv o de las amenazas de Moscú. Necesitamos firmeza frente a quienes ningunean nuestros valores y resistencia para proteger la economía real, esa que madruga cada mañana y que no entiende de especulación bélica. Es hora de que Europa despierte, se sacuda el complejo de inferioridad y empiece a marcar un rumbo propio. Nos va el bolsillo en ello y la defensa de unos valores que tenemos la obligación de resguardar.

*Rafa Bados es presidente de la Federación Provincial del Comercio (Comercio Córdoba), vicepresidente de la Confederación de Empresarios de Córdoba (CECO) y presidente de la Confederación Comercio Andalucía.

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