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Opinión | tormenta de verano

Operación furia épica

Irán se encuentra hoy en el epicentro de una tormenta que combina el colapso de una teocracia con una guerra abierta contra potencias extranjeras. Mientras los cielos de Isfahán y Teherán son surcados por misiles, ahora parcialmente ausentes en la tregua, en las calles se libra una batalla más silenciosa pero igualmente letal: la de un régimen que, en su agonía, ha decidido que el precio de su supervivencia sea la sangre de su propio pueblo. Atrapados entre el fuego externo y el terror interno, el pueblo persa se enfrenta hoy a una triple tragedia: un sistema totalitario y fanático que se niega a ceder el poder, una guerra regional que destruye vidas e infraestructuras, y una crisis humanitaria que deja a millones de personas sin acceso a servicios básicos. A nivel interno, el mayor perdedor es la sociedad civil iraní. Atrapada entre un régimen que ha radicalizado su control social bajo el pretexto de la «defensa nacional» y una intervención externa que ha devastado la economía civil, la población ha visto cómo sus sueños de reforma se evaporaban. La guerra ha servido de coartada perfecta para silenciar cualquier voz disidente, para la hegemonía de un nacionalismo de supervivencia. Los perdedores no son solo los que sufren las bombas, sino aquellos cuya libertad ha sido pospuesta indefinidamente por la seguridad del Estado.

A nivel externo, el conflicto ha provocado un cambio tectónico en los principios que rigen la política mundial. Hemos pasado de un mundo de «reglas» a un mundo de «intereses». Frente a la retórica de los principios y los derechos humanos que era, al menos formalmente, el eje de la política exterior occidental, se ha consagrado el realismo transaccional: los aliados ya no se eligen por sus valores democráticos, sino por su capacidad de suministrar recursos o su posición geográfica frente al enemigo. Este pragmatismo cínico ha calado y la pregunta ya no es ¿es este gobierno legítimo?, sino ¿qué nos ofrece en el campo de batalla o en el mercado del crudo?

En la guerra todos pierden. Lo hace Estados Unidos, arrastrado a una decadencia acelerada por el matonismo errático de su presidente. También Israel, cuyo mandatario será perseguido por crímenes contra la humanidad. Otro es la Unión Europea, que durante años intentó posicionarse como el puente racional entre Washington y Teherán, aferrándose al cadáver del acuerdo nuclear. La guerra ha demostrado que la «autonomía estratégica» europea es, por ahora, una quimera. Europa no solo ha perdido su capacidad de mediación, sino que enfrenta las consecuencias más directas: una nueva crisis energética y el riesgo de una ola migratoria sin precedentes. Los principios de multilateralismo que la UE defendía han sido aplastados por la política de hechos consumados impuesta por las potencias en liza. La diplomacia de despacho ha muerto, sustituida por una geopolítica de fuerza bruta donde las sanciones y los misiles dictan los tiempos, dejando a los diplomáticos europeos como meros espectadores de un incendio que no pueden apagar. El resultado final de la crisis iraní es un vacío de autoridad, de valores y principios del que todos somos víctimas. Las Naciones Unidas han quedado reducidas a un foro de quejas sin capacidad de acción, y el derecho internacional parece hoy literatura de ficción. Asistimos a un nuevo mundo sin árbitros posibles. Los perdedores son todos aquellos que creían en un orden basado en normas; los ganadores, por el momento, son quienes han entendido que en la nueva política mundial, la única regla es la ausencia de reglas. La historia recordará este periodo no solo por los movimientos geopolíticos de Washington o Tel Aviv, por la muerte de la disuasión convencional y el discurso dividido de Europa, sino también por la resistencia de una sociedad que, atrapada entre los misiles y la teocracia, sigue buscando su propia voz en medio de los escombros.

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