Opinión | HOY
Mi red social
Desde que empecé con ella, he querido que sea lo que deseo para mí mismo y para el mundo en la convivencia humana: paz, respeto, armonía, amistad, amor. O sea, la paz que surge, como lo más sagrado e inviolable de lo humano, del respeto absoluto a las opiniones, gustos y tendencias de cada persona. Por eso, en mi red social tengo una muestra bastante aproximada de por dónde va nuestra sociedad. Tengo amigos para los que las creencias religiosas son el centro de su vida, desde los que cultivan una espiritualidad íntima hasta los que manifiestan su fe en oraciones, Semana Santa, creencias populares. Tengo amigos pertenecientes a otras creencias. Y en el otro extremo, tengo agnósticos y ateos, que no quieren saber nada de algo que vaya más allá de esta vida y sus avatares. Tengo taurinos y antitaurinos, lectores y no lectores, poetas, feministas, ácratas, jóvenes, viejos, médicos, atletas, maestros, sacerdotes, militares, monárquicos, republicanos, ácratas. Tengo ellas, ellos y elles. Tengo seguidores de cada tendencia ideológica y de ninguna. Y hasta tengo los que se fueron, porque no podían soportar los comentarios sesgados, vueltos en ataques y reproches personales. A todos los conozco tan bien que con sólo ver la noticia, información o protesta que suben a la red, ya adivino sus nombres. A veces, me duele mucho su violencia, fruto de ese estrabismo, que se extiende como miasma, y que surge de sólo poder enfocar con un ojo, o el izquierdo o el derecho. Entonces pienso que si no podemos conservar la armonía en una humilde red social, cómo vamos a conseguirla en el mundo. Me hieren los comentarios de unos contra otros, la manera tan sectaria de atacar, aplicando a los demás lo que podrían aplicarles a los suyos. Y siempre me pregunto por qué tendemos a esa violencia verbal, que podría convertirse en violencia física. ¿Por qué? Para mí esa violencia es tan absurda, tan radical, tan subjetiva en juicios y condenas contra el otro, que me pregunto si no estaremos enfermos por haber heredado la enfermedad que otros nos inocularon de niños y, en vez de neutralizarla cuando fuimos nosotros los adultos, la hemos potenciado, justificándola con no sé qué razonamientos, derechos y prerrogativas. Y la siguiente pregunta que me viene es hasta cuándo llevaremos esa violencia, hasta qué generación que por fin comprenda que no se puede vivir, para sí mismo y para los demás, a base de reproches, condenas, insultos, maldiciones, y hasta deseos de muerte para el adversario, que en realidad es igual a nosotros: un ser humano con sus miedos, sus necesidades, sus sueños, sus seres queridos, sus aspiraciones de felicidad, de paz y de justicia.
*Escritor
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