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Opinión | Cerca de Ítaca

Noelia

Hay circunstancias en el devenir de la vida, que esta se acartona, como caballo de fotógrafo de feria… y el entorno deja de tener su sentido inicial, como si ya no se percibiera el olor y el color de una madrugada, de un amanecer en el campo, y todo pasa a ser de un blanco y negro neutro. Los recuerdos arañan lentamente la epidermis del alma, hasta que llega un momento, que el presente se vuelve hierático como fotografía de aquel fotomatón, y el futuro que se rozaba con los dedos, se fue alejando como ese primer amor de juventud, que ya es solo un vano recuerdo.

El camino se estrecha hasta hacerse imperceptible, sin dejar el mas mínimo rastro que te muestre hacia dónde dirigirte, hacia qué puerto puedes llegar y que te acoja… y así sin darte apenas cuenta, sin apenas notarlo, entras en el pozo profundo de la melancolía.

Pero un día, casi por sorpresa, ante el más leve estimulo negativo, tu esquina del tiempo, o en esa curva peligrosa que te obliga a salirte de la carretera, pierdes el control, y deambulas como pollo sin cabeza, pegando bandazos sin rumbo. En ese momento te das cuenta de que la realidad inmutable, que la considerabas tuya y creías dominar, ya pertenece a otros, que son los dueños del tesoro. Ante esta situación, no te quedan nada más que dos caminos y una sola decisión. La primera es dejarte de llevar como el boquerón que se duerme cerca de la orilla, y la corriente juguetea con él a su antojo, y así adormecerte en el placer soñoliento de horas y días fugaces, de tiempos muertos que no llevan a ninguna parte, hasta que la red del pescador te atrapa en su red de muerte, engarzado en un rosario de letanías repetitivas, de soledades compartidas, de tarde inútiles delante de un televisor, o huyendo en sueños tóxicos. Tal vez también, en reuniones repetitivas, interminables vacías y en la mayoría de las situaciones, comiendo desaforadamente. Al final llega la nausea que te va arrojando a la nada de momentos sin nombre.

Robin Williams, y tantos otros, ante el zarpazo de un cáncer terminal, y con fecha de caducidad inminente… se negó a extinguirse cruelmente en un rincón de un hospital cualquiera acorralado de batas blancas, manadas de sondas, somníferos, morfina, para atorar dolores físicos y psíquicos insoportables, y ante esta situación irreversible dio un portazo, y como dijo nuestro Antonio Gala: «No os molestéis que conozco la salida».

Y esa misma decisión, en el albor de la existencia, con 25 años es la que ha adoptado Noelia, ante los ojos ciegos de la muerte, citándola en mitad del albero de la vida, con un silencio de reproche atronador a esos padres, que un día la abandonaron, nada más nacer, en interminables noches frías, sobre camas prestadas, zozobrando desde la niñez a la adolescencia, con tutores sin rostro, y angustiosas horas huecas sin rumbo. Hasta que llego la agresión sexual sin culpable definido, impune en el anonimato, que rompió sus sueños y estalló como globo de feria, huérfana de abrazos, de besos, de complicidades en familia, Ausente el amor, y donde la coraza a no recibir más daño ha sido su uniforme de combate. Y ha dicho basta, como Robin Williams y tantos otros… que le precedieron.

*Abogado y académico

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