Opinión | Paso a paso
Fe cercada
Cuando una ciudad cerca la contemplación de su Semana Santa, no incurre sólo en un exceso logístico: se retrata moralmente. Ya han pasado los días de incienso, de cera derretida y de músicas que parecían zurcir, por unas horas, las desgarraduras del alma cordobesa; pero ha quedado una estampa ingrata, casi obscena, que merece más meditación que aplauso: la de unas vallas que, so pretexto de ordenar la multitud, impidieron a muchos vecinos contemplar el paso de las cofradías como quien contempla un fragmento de su propia memoria.
No seré yo quien desprecie la prudencia. Las autoridades defendieron el dispositivo de esta Semana Santa apelando a la seguridad, a la movilidad y a la necesidad de garantizar corredores despejados en la carrera oficial; y sería pueril negar que una muchedumbre requiere disciplina. Pero nuestro tiempo, que ha hecho de la prevención un nuevo becerro de oro, confunde con demasiada frecuencia el cuidado con la expulsión. Ya no se protege al ciudadano: se le administra. Ya no se le acoge: se le canaliza. Ya no se le reconoce como heredero de una tradición: se le tolera mientras no entorpezca el mecanismo. Y lo más triste es que ese desalojo no se ejecuta con brutalidad, sino con esa cortesía funcionarial que vuelve más frío y por ello más hiriente, el despojo.
Y ahí empieza la verdadera dolencia. Porque la cuestión no es si debía haber medidas de seguridad, sino en qué momento esas medidas adquirieron el ademán de una aduana. Muchos cordobeses sintieron que la calle dejaba de ser plaza común para convertirse en graderío tácito, en escaparate parcelado, en liturgia tasada. Detrás de la barrera, la visión cómoda; delante de ella, el vecino que se sabe arrimado a los márgenes de una fiesta que también es suya. Y así, lo que nació como efusión pública de fe empezó a parecerse demasiado a un espectáculo donde el fervor corre el riesgo de convertirse en mercancía visual.
Chesterton, con su habitual buen sentido, advertía que antes de retirar una verja conviene saber por qué fue puesta. Nuestra época ha perfeccionado el disparate contrario: coloca verjas sin preguntarse a quién humilla. Y cuando la verja no protege un jardín, sino que aleja al pueblo de los signos visibles de su propia pertenencia, deja de ser un instrumento de orden para convertirse en símbolo de expropiación sentimental. No se expropia sólo el espacio; se expropia también una intimidad colectiva, una manera de reconocerse en la calle, un derecho no escrito a participar del rito sin pasar por taquilla ni por embudo.
Simone Weil escribió que el arraigo es una de las necesidades más hondas del alma humana. Córdoba haría bien en recordarlo. La Semana Santa puede y debe ser segura; pero, antes que segura, ha de seguir siendo hospitalaria. Porque las ciudades no empiezan a perderse cuando se agrietan sus piedras, sino cuando sus fiestas dejan de reconocer a sus hijos.
*Mediador y escritor
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