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Opinión | Calma aparente

Al otro lado

Los bebedores de cerveza, en su mayoría, la prefieren rubia; sin embargo, basta querer beberla sin alcohol para que los bares impongan la tostada. Este es un caso curioso. Para que la experiencia sea, digamos, más realista, suplen la falta de alcohol tostando más la bebida, convirtiéndola en otra cosa. El resultado final es un quiero y no puedo evidente, pero el ser humano suele tener una gran capacidad para resignarse, así que supongo que el producto está siendo un éxito. En cualquier caso, no fui yo quien pidió cerveza tostada en NísKalo, donde estuve la semana pasada, donde el vino tinto, eso sí, estaba buenísimo.

Nos apartamos del bullicio de la Semana Santa, y la calma, por momentos, resultaba incluso desconcertante. Las calles de Santa Rosa, siempre tan vivas, estaban desiertas. Se oía el canto de los pajarillos, apenas pasaban coches. Protegidos por la sombra de los plataneros, llegamos hasta el restaurante, en cuyo exterior había dos mesas altas y una alfombra de césped artificial, y en cuyo interior no había nadie, ni un alma. No exagero. Por segunda vez en mi vida, comí en un restaurante rodeado de mesas libres. Aunque aquel día era comprensible la falta de aforo, y el vacío no nos incomodó, entre otras cosas, porque la camarera y la música lo impidieron. Lo cierto es que, de no ser por el virtuosismo de los platos, nos sentimos como en casa. Recuerdo especialmente el paté de morcilla de Castro del Río con mermelada de piparra y la carrillada de atún rojo. Pero la sucesión de exquisiteces fue continua. No esperaba algo así. Solo nos faltó sellar la sorpresa con champán.

Mientras tanto, el Miércoles Santo seguía su curso al otro lado de la ciudad. Conviene alternar, en su justa medida, el ajetreo con el silencio, porque la charla incesante conduce al estancamiento, y la soledad excesiva alimenta la paranoia; si no se acierta con los ingredientes, la indigestión está asegurada. Quizá el año que viene nos acerquemos más al torbellino de tambores y trompetas. Esta vez ha sido imposible. Uno asume que se parece cada vez más a lo que nunca imaginó durante sus años salvajes (lo más previsible), pero ser de los que atraviesan multitudes con un carrito de bebé todavía me queda lejos. Aunque cada día funciono mejor bajo presión. Ahora entiendo que a los GEO les hagan dormir con el llanto de un bebé de fondo durante sus maniobras; después de eso, deben de ser capaces de cualquier cosa. Mi noche no fue de llantos, sino de rumor de marchas, y dormí de maravilla. Ni el solo más obstinado de corneta puede ya con mi fase REM.

*Escritor

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