Opinión | Cielo abierto
La luz en la caída
Estamos asistiendo a una caída, pero hemos elegido seguir con nuestro baile. Es una actitud muy de Scott Fitzgerald, muy de Gatsby asistiendo en el balcón a su última fiesta, con una copa afilada de champán, que también vivirán ese colapso cortante en la garganta, con los hombres que saltan desde los rascacielos ante García Lorca en Nueva York. Desde el derrumbe de 1929 hasta aquí hemos ido trenzando la misma distancia que entre cualquier catástrofe y ahora. Todo empieza y todo se repite, todo nos condena en un mismo final. Somos cuerpos lanzados al vacío de nuestro interior, en esa especie de boxeo de sombras que libramos entre nosotros mismos, resistiendo en la lona, porque aquí lo importante es que siga la música mientras todo se va desdibujando. Es la impresión que muchos padecemos: la de un final de época, en un baile sin fin. Queda martini aún y hay hielo en la nevera, pero ya nadie espera la caricia caliente en el aire del porche, con aire sureño, igual que en cualquier obra de Tennessee Williams, cuando las amenazas nos aguardan donde empiezan las sombras de los sueños, porque los universos se derrumban ante nuestros ojos y cualquier primavera nos sorprende con una nueva lluvia de metales pesados. Aunque en las obras de Tennessee Williams, en De repente, el último verano o en Dulce pájaro de juventud, siempre nos parece que podemos salvarnos, siempre queda un soplo de aire limpio entre los corredores de las viejas mansiones y hay una redención que nos alumbra antes de perfilar el desmoronamiento que nos llevará a todos por delante.
Cualquier resquicio de la realidad, cualquier noticia, el enfoque, su manifestación, es ahora un motivo de fiebre o controversia. Entre los sinvergüenzas empeñados en elevar muros y los imbéciles que le siguen el ritmo, parece que no hay tema, actualidad o asunto que no pueda enfocarse o redirigirse a la confrontación. Da igual de lo que hablemos, de Gatsby o Tennessee Williams, de un partido de fútbol, el Ramadán, la Guerra Civil o la Guerra de la Independencia, porque todo es lo mismo: una actualización retrospectiva de cualquier espejo con la moral de hoy. En el Domingo de Resurrección, yo creo además en una resurrección colectiva a través del espíritu, la transustanciación poética del mundo, en la mirada nueva que se esfuerce más en integrar que en fracturarnos. Es lo que deseo, con ese carpintero que anda sobre las aguas para salvarnos de nosotros mismos, en la absurda comedia de enfrentarnos hasta con nuestras sombras. No te laves las manos, y empieza por salir de tu trinchera. La caída nos espera, con ese monte al fondo en el que duermen todos los olivos, en la hora más oscura, para que nos miremos en la luz.
*Escritor
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