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Opinión | Memoria del futuro

La cara y la cruz del nuevo autoritarismo

Reflexionar sobre el autoritarismo clásico implica adentrarse en uno de los temas más analizados por la teoría política y la historia contemporánea. A lo largo del siglo XX, numerosos pensadores y politólogos han dedicado sus obras a comprender cómo surgen, se consolidan y caen los regímenes autoritarios.

El autoritarismo clásico emerge habitualmente en contextos de crisis. Estas crisis pueden ser económicas, sociales, militares o morales, y son aprovechadas por líderes que se presentan como garantes del orden y la estabilidad. Para Linz, el autoritarismo se caracteriza por cuatro elementos clave: el pluralismo político limitado; la ausencia de una ideología elaborada, pero con mentalidades fuertes; la despolitización de la población y un liderazgo relativamente predecible, pero poco institucionalizado.

Por su parte, Hannah Arendt, en su obra ‘Los orígenes del totalitarismo’, nos recuerda que incluso los regímenes no totalitarios -los meramente autoritarios- recurren a mecanismos de cohesión basados en el miedo, la propaganda y la creación de narrativas de estabilidad.

Son tres los pilares que sustentan el autoritarismo tal y como lo hemos entendido desde los años veinte del pasado siglo: el monopolio del liderazgo, que Giovanni Sartori lo identifica con la figura paternal e indispensable; el control de las instituciones, de manera que se deforman estas para garantizar la supremacía del poder ejecutivo; la restricción de derechos y libertades, limitando según Dahl la participación y la competencia política, y acomodando la conducta social a la visión del régimen, conforme a lo expuesto por Martin Lipset.

Con todos esos ingredientes se construyeron los autoritarismos del siglo XX que trataban de conseguir una vigilancia total de las sociedades, aunque tenían carencias materiales porque dependían de infraestructuras físicas para ejercer dicho control mediante redes de informantes y con la presencia corporal de policías y militares y la existencia de centros de reclusión y represión. Vistos desde hoy, podemos afirmar que esa necesidad física, en el fondo, a pesar de su dureza, los hacía tecnológicamente limitados. Esas limitaciones y esa necesidad física han desaparecido en la actualidad, ahora hay nuevas formas de autoritarismo basado en tecnologías digitales, que aparentemente producen un impacto más suave, aunque mucho más sofisticado, pero no menos violento a la larga. Por decirlo gráficamente, un collar más preciso y sutil, pero rodeando el cuello de idénticos autócratas.

Esta nueva cara del autoritarismo 2.0 ha invertido el proceso que se inició tras la caída del muro de Berlín. Entonces se incorporaron al club democrático nuevos países y, por ejemplo, el libre comercio se articuló como instrumento de paz y la vieja teoría de la paz perpetua de Emmanuel Kant tomaba nuevos bríos bajo el manto de la «teoría de la paz democrática». Ser autoritario no era buena opción política a finales del siglo XX. Las primaveras árabes, algunos tímidos intentos en China o Irán y la propia Rusia se vería afectada por movimientos que exigían democracia en sus países. Incluso la llegada de Xi Jinping a la secretaría general del Partido Comunista Chino fue interpretada como el ascenso al máximo poder de un reformista.

Este espejismo, al doblar el siglo, desapareció pronto. Los regímenes autoritarios reforzaron su poder en los países árabes, en Irán, en Rusia y en China se produjo una reacción autoritaria más feroz. En paralelo, las democracias, a partir de la crisis económica de 2008, comenzaron a temer por la decadencia de las instituciones liberales sobre las que se sustentaban. Los regímenes autoritarios atacaron toda influencia occidental y comenzaron a penetrar con estrategias híbridas en las estructuras democráticas para influir y fomentar crisis internas en estos países e interferir en los procesos electorales mediante el control digital. Puede verse, por ejemplo, su papel en el Brexit, en elecciones de Trump, en diferentes elecciones en países de la antigua Unión Soviética o, sin ir más lejos, en la intoxicación informativa y en el apoyo soterrado al proceso independentista catalán.

Estas estrategias han dado sus frutos. La ultraderecha con su agenda autoritaria ha avanzado extraordinariamente e incluso ha ocupado el poder en la otrora democracia más antigua del mundo. Así que los autoritarios «de toda la vida» han pasado, por decirlo así, de estar amenazados a ver cómo los nuevos líderes autoritarios elegidos democráticamente los elogian y los imitan.

Como decía al principio, la sofisticación del nuevo autoritarismo ha permitido en buena medida este proceso inverso de retraimiento democrático global. Sin embargo, hay lugar para la esperanza. Siguiendo a Kotkin, podemos afirmar que tampoco hay que temer a una fortaleza permanente de una supuesta «era de las autocracias» que ha suplantado a la «era de la democracia». Por muy fuertes que nos parezcan estos regímenes y estos gobiernos de nuevo cuño, están llenos de debilidades. Su oferta de acabar con los pecados de la democracia se tambalea, porque «adolecen de una incapacidad debilitante» que se deriva de la corrupción, su inoperancia, el nepotismo y la extralimitación que anida en su propio ser. Ejemplo de ello ocurre en España, donde el partido de ultraderecha, que sin casi llegar a tocar poder, ya está plagado de acusaciones de corrupción y nepotismo.

La autoconfianza infinita de sus líderes les puede conducir a cometer errores garrafales que no solo no pasan desapercibidos para la mayoría, sino que pueden provocar crisis repentinas que resquebrajen su propio poder. Es necesario recuperar la confianza en las democracias, porque, a pesar de todo, conservan innumerables fortalezas y gran capacidad de regeneración para volver a tomar la iniciativa global. Esta no es una cuestión de derechas o izquierdas, es una cuestión de democracia y derechos humanos o de autoritarismo y opresión.

Los hechos desnudan al elefante y los errores abren las grietas de su imagen. Es ahí, con paciencia y determinación, como las democracias que todavía persisten deben construir la resistencia. Hay una evidente ventana de oportunidad como por ejemplo en la guerra de Irán. Las nefastas consecuencias que ya estamos viendo deben quitar la venda a quienes veían en el autoritarismo la solución a sus males. Es justo al contrario: el autoritarismo es la causa de todos los males que hoy atenazan a la humanidad. La carestía de la vida, el desorden, el miedo, el terror a la guerra y la carencia de soluciones milagrosas están provocando que ahora haya que mojarse, haya que ofrecer soluciones y no crear problemas. Hasta ahora les servía no participar en política y recoger y amplificar el malestar ciudadano. ¿Y ahora qué? La ausencia de un plan político -se presentan sin programa- no sirve cuando hay que ofrecer soluciones y entonces queda la democracia, la de siempre, la que con sus errores contribuye a dar estabilidad a las sociedades. Si la democracia refuerza con soluciones los retos planteados, aventuro que las opciones autoritarias o de ultraderecha se resentirán. Tenemos el primer test en Andalucía; creo que Vox sufrirá un retroceso porque ya no les vale esconderse. La patria y la bandera tapan algo, pero no todo.

*Catedrático de la UCO

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