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Opinión | Punto y coma

Resucitar, resucitación, resurrección

Reflexionemos hoy sobre tres términos que, además de su dimensión religiosa, encierran una riqueza conceptual nada desdeñable: «resucitar», «resucitación» y «resurrección». La palabra «resucitar» se define como ‘devolver la vida a un muerto’ y ‘restablecer, renovar, dar nuevo ser a algo’. En ambos casos, el verbo presenta un valor transitivo. La tercera acepción que recoge el DLE es ‘dicho de una persona: volver a la vida’, lo que lo convierte en un verbo intransitivo.

La tradición evangélica relata que Jesucristo resucitó a tres personas: al hijo de la viuda de Naín, a la hija de Jairo y a Lázaro. Aquí, el verbo opera de manera transitiva: Aquel devolvió la vida a otros. Distinto es el caso de Jesucristo, en quien el verbo admite una doble lectura: ‘se resucitó a sí mismo –reflexivo– o ‘resucitó por sí mismo’ –intransitivo–. Este matiz gramatical podría condensar la singularidad del acontecimiento. Ahora bien, mientras «resucitación» –‘acción de devolver a la vida, mediante procedimientos concretos, a quien se encuentra en estado de muerte aparente’– es un término técnico del ámbito de lo humano, «resurrección» nombra la ‘acción de resucitar’ y, por antonomasia, la de Jesucristo. Su origen latino remite a una forma verbal ya consumada –resurrexi(t)–, como si lo que designa no fuese mera posibilidad, sino hecho cumplido.

Actualmente, en la sociedad y en la política se intenta resucitar artificialmente la vida de estructuras agotadas. Sin embargo, la «resurrección» exige algo mejor, en tanto se trataría de una verdadera transformación. Resulta difícil de comprender, pero ojalá sepamos encontrar la forma de interpretarla, entendiendo que existe la posibilidad de que algo dentro de cada uno vuelva a la vida. n

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