Opinión | Tormenta de verano
Crucificados
Más allá de vaivenes políticos, de ataques de drones y misiles en algunos lugares del mundo, de noticiarios y tertulias, de operaciones salida, de los influencers y la crónica de las páginas rosa, en todos los rincones de nuestra geografía hoy es Viernes Santo, el día que el 32 % de la población mundial conmemora la muerte de Jesús de Nazaret. En la era de la inmediatez, en un mundo que no se detiene, donde el ruido digital y el consumo frenético marcan el pulso de la existencia, el Viernes Santo emerge cada año como una anomalía necesaria. No es solo una fecha en el calendario litúrgico o un paréntesis vacacional; es, en su esencia más cruda, un espejo donde la humanidad se ve obligada a mirar aquello que pasa el resto del año intentando ignorar: la vulnerabilidad, el fracaso y la muerte.
Días de hornazos y nazarenos, de torrijas, calvarios y procesiones. Una mirada que se extiende a todos los crucificados de la historia; a todos los inocentes víctimas del odio, de la violencia, de las guerras, de la discriminación, de la homofobia, del racismo. A los crucificados por la avaricia de dinero y la codicia de poder, por la complicidad silente de los acomodados, por los compromisos ayunos de los indolentes, por el cinismo hipócrita de los poderosos, por las deslealtades y el oportunismo interesado, por el seguidismo ciego, por el narcisismo egocéntrico, por nuestras propias incoherencias. Hoy es el día de los crucificados por la soledad impuesta, por las necesidades descubiertas, por las enfermedades crónicas, por las dependencias esclavizantes, por las ideologías totalitarias que anulan la libertad, por la falta de oportunidades y de esperanzas. El día de quienes caminan encorvados por el peso de sus cruces personales, y todos tenemos alguna. El Viernes Santo no celebra el dolor, sino que le otorga un espacio de dignidad al sufrimiento humano, recordándonos que no estamos solos en la fragilidad. Jornada también de reflexión interior, de luto frente a todo lo que muere dentro de cada uno de nosotros, de un silencio casi subversivo, de altares vacíos y despojo que interrogan una sociedad necesitada de estímulos continuos. Día de «pausa reflexiva» para reconocer nuestras propias limitaciones, en una sociedad que rinde culto al éxito y a la perfección estética de las redes sociales, la imagen del hombre roto en la cruz es un recordatorio de nuestra humanidad compartida que nos iguala a todos en nuestra condición de seres finitos que, a pesar de todo, buscan un sentido trascendente.
Día de compromiso con el precio por la verdad, con la apuesta por la justicia, con el triunfo de ese Amor con mayúsculas, ese auténtico que no pasa nunca, que nos sirve de horizonte y posada, de sostén y agarradera en los naufragios propios del camino, de bálsamo y consuelo, de esperanza final en que todo tiene un sentido, de que ninguna oscuridad es definitiva a pesar de las derrotas. Aunque el Viernes Santo es día de duelo, su calado profundo solo se entiende como el paso previo a una renovación. Para el ciudadano contemporáneo, saturado de crisis globales y ansiedad existencial, este día enseña la importancia de «saber esperar» siempre al final de la historia. Frente a la cultura de usar y tirar, el Viernes Santo permanece vigente porque el ser humano sigue necesitando respuestas al misterio del dolor. Mientras haya alguien que sufra o alguien que busque consuelo, el camino hacia el Calvario seguirá siendo la ruta más directa hacia lo más profundo del corazón humano.
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