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Opinión | Latidos

El árbol de la Cruz

Hoy, Viernes Santo, la liturgia de la Iglesia nos ofrece a Cristo crucificado -el único día del año en que no se celebran misas- con esta invitación tan dolorida como esperanzada: “Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo”; respondiendo el pueblo: “Venid a adorarlo”. Desde la cruz, Jesús ofrecerá tres hermosos regalos a la humanidad, “el perdón del Padre celestial, el regazo de una Madre y la salvación para todos los que abran de par en par las puertas de su corazón”. La intemperie, desde siempre, es nuestro espacio. San Francisco de Asís vivió admirando las tres “intemperies” de Cristo, “su nacimiento pobre en Belén, su estilo de vida itinerante y pobre en Galilea y su final, desnudo y pobre, en una cruz a las afueras de Jerusalén”.

La cruz es hoy el “trono de amor” que el mundo necesita, ofrecido anoche en las “estaciones de penitencia” realizadas por nuestras cofradías, en imágenes de intensas lecciones teológicas: el Nazareno y María Santísima Nazarena; la Caridad ardiente; el Caído con su mirada clavada en un horizonte conformado por la tierra y el cielo; la Sagrada Cena, evocándonos el banquete eucarístico; las Angustias, Madre e Hijo fundidos en el misterio divino; el Cristo de Gracia, el popular Esparraguero, una imagen que agranda y engrandece la redención; y la Buena Muerte, en la alta madrugada cordobesa, como antorcha silenciosa de vida. Hoy, Viernes Santo, la Señora de Córdoba, maternal e inmensa en su ternura; la Soledad acompañada; el Descendimiento; el Santo Sepulcro; con el telón de fondo que ha empapado la pasada cuaresma, la imagen del Cristo de la Oración y la Caridad en la Conversión del buen ladrón. El poeta José Luis Hidalgo suspiraba una breve plegaria escrita a la medida del Viernes Santo: “Señor, si Tú me dejas me moriré contigo / pisando largamente la tierra en que te aguardo. / Me iré entre los jirones de esa divina herida / por la que, a borbotones, nos vamos desangrando”.

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