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Opinión | Hoy

Semana Santa

Semana Santa de toda nuestra vida y de cada año de nuestra vida. Cuando fuimos niños y no sabíamos de esa leve melancolía que quedaría cuando se nos fuesen yendo los seres queridos, y nosotros seríamos los que llevaríamos a otros niños de la mano, y pasaría el tiempo, y ya nuestra vida solo serían recuerdos, fotografías y añoranzas. Pasa nuestra procesión. ¡Ya viene! De sobra nos sabemos el sitio y la hora. Pero solo es un momento. La cruz de guía. Los nazarenos. Nuestra cofradía, a la que nuestros abuelos le dedicaron toda su devoción, y nos la señalaron cuando éramos niños cogidos de su mano, y luego nuestros padres, y luego somos nosotros. La imagen pasa. Los costaleros. Los cirios. Los varales. Las lágrimas. La plata. El incienso. La música. La banda. Tambores. Cornetas. La gente. La abuela que se cansa. La madre. La niña. Lazo de raso azul. La ternura del pelo. Zapatitos de charol. El niño. El pelo que brilla. La raya en medio. Una mano señala. Una voz explica. El alma, sin saberlo, se va llenando de recuerdos que el tiempo cultivará, convertirá en amor y luego, en nostalgia. El paso se aleja. ¡Ha sido tan intenso, pero tan fugaz! Y otro año que pasa. Y más recuerdos. El viernes de Dolores. La cocina. El olor a aceite. El azúcar. La matalahúva. La canela. Los huevos. La abuela, que parecía que siempre nos iba a recibir con un beso y una fuente de torrijas y pestiños, porque entonces aún no sabíamos que el tiempo se va siempre. Y el expectante silencio del sábado de Pasión. Y el amanecer del Domingo de Ramos. Las palmas. El niño que fuimos. El sol. El azahar. Las golondrinas. De nuevo la vida por estrenar. Y el cuarto de la plancha. El hábito de nazareno, remozado, bien planchado, en la percha. El capuchón, el báculo, las sandalias, el rosario. Y otro año que pasa hacia otra primavera, hacia otra vida y su estela de amor.

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