Opinión | DESDE LA PERIFERIA
Padre, me muero de tristeza
«Padre, me muero de tristeza», fueron, según el capítulo 26 del evangelio de Mateo, las palabras que Jesús de Nazaret pronunció en su oración en el huerto de los olivos, muy cercano a Jerusalén. Me atrevo a afirmar que son las mismas palabras que ha debido pronunciar Noelia Castillo desde los 15 años hasta la edad de 25, momento en el que ha dicho que ya no puede más, que se muere de tristeza, que la ayuden a atrevesar la barrera del espacio y del tiempo.
La tristeza de Jesús y la de Noelia no eran unas tristezas normales, no eran las tristezas que podemos experimentar ante determinadas circunstancias de la vida, incluso a la que sufrió María, la madre de Jesús, o a la que ahora estarán sufriendo los propios progenitores de esta chica, quienes tienen que sobreponerse y sobrevivir a la muerte de su hija. El padre lo hará desde la rabia por no haber podido parar la petición de eutanasia de su hija y la madre lo hará desde la compasión de haber llegado a un grado de compresión extraordinario que ha aceptado finalmente la petición de Noelia.
La tristeza de Jesús y la de Noelia son las tristezas fundamentales que se encuentran en el interior más profundo de todo ser humano y que lo conectan directamente con todo el Universo. A este lugar o no-lugar, no lo sé exactamente, no llegamos todos los seres humanos, esa es la realidad. Esta tristeza original se encuentra en lo que Jakob Böhme denominó Ungrund, que podría ser traducido como abismo, como vacío absoluto, como un sin-fondo. Posteriormente, Schelling y más tarde George Steiner definieron esa misma tristeza. Afirmaba Schelling en Sobre la esencia de la libertad humana: «Es la tristeza que se adhiere a toda vida mortal, una tristeza que, sin embargo, nunca llega a la realidad, sino que solo sirve a la perdurable alegría de la superación. De ahí el velo de la pesadumbre, el cual se extiende sobre la naturaleza entera, de ahí la profunda e indestructible melancolía de toda vida. Solo en la personalidad está la vida; y toda personalidad se apoya en un fundamento oscuro, que, no obstante, debe ser también el fundamento del conocimiento».
Y el mismo George Steiner en Diez posibles razones para la tristeza del pensamiento decía: «Algunos místicos (…) se han propuesto como objetivo el vacío, un estado de conciencia enteramente receptivo en tanto que vacío. Han aspirado a habitar la nada.»
La nada es inhabitable en este espacio y tiempo. Creo que Noelia Castillo, como Jesús de Nazaret y algunos seres humanos más, no demasiados, han llegado a este vacío. Que no me vengan ahora los sabios y entendidos a convencerme de que se trata de una depresión, por profunda que sea. Dios me libre de aquellos que siempre creen tener razón en todo lo que dicen. Yo tampoco la tengo, os lo puedo asegurar pero, desde luego, no seré yo quien tire la primera piedra.
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