Opinión | El Trasluz
Enfermedades contagiosas

Varias personas pasean por el Parque del retiro, en Madrid. / Shutterstock
Hay tantas maneras de vivir que cada día escojo una. Y no se agotan, resulta increíble, pero no se agotan. Como si la existencia fuera un armario infinito en el que cada mañana metiera la mano a ciegas y sacara una prenda distinta, una identidad diferente. Ayer, por ejemplo, me probé la vida del hombre que espera. No esperaba nada en concreto, pero aguardaba con la convicción de que algo, lo que fuera, acabaría sucediendo. Llamarían a la puerta, sonaría el teléfono, recibiría una carta… Ni llamaron a la puerta, ni sonó el teléfono, ni recibí la carta, de modo que abandoné el traje del hombre que espera y me puse el del hombre que desespera. Estuve desesperado hasta la hora de acostarme. Pero, ya en la cama, imaginé que era un tipo que llegaba tarde a todas partes. Salía con tiempo suficiente, pero luego me entretenía observando la actividad de la calle como el que observa un hormiguero y, cuando llegaba al teatro, la obra había terminado. Pero no me importaba, porque me había convertido de súbito en un individuo al que no le importaba nada. Ni las catástrofes físicas ni las emocionales, ni el éxito ni el fracaso, ni la salud ni la enfermedad. De hecho, me tomé un gin tonic con patatas fritas en la terraza de un bar, como si el mundo, a mi alrededor, no se estuviera cayendo a pedazos. Mientras disfrutaba de aquel instante único, empecé a planificar la personalidad del día siguiente: la de hoy. Sería alguien que se equivoca, no por tomar decisiones erróneas graves, sino a base de pequeñas desviaciones que iban cambiando el curso de las cosas sin que nadie lo percibiera. Confundir una palabra, marcar un número equivocado, saludar a quien no era. Me atrae esa existencia porque sospecho que es la que se encuentra más cerca de mi vida real. No he atracado un banco ni he cometido un crimen, pero he errado minuciosamente en lo aparentemente pequeño. “Amé a quienes no tuve y desamé a quien quise”, que decía Vicente Aleixandre en un poema memorable
Intento, en fin, vivir la vida de otros. No me refiero a imaginarlas, sino a habitarlas con la intensidad suficiente como para que duelan. He sido el hombre que cruza la calle con prisa, la mujer que habla sola en el autobús, el niño que no quiere volver al colegio. En todos ellos he encontrado algo mío, como si la identidad fuera una enfermedad contagiosa.
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