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Opinión | TRIBUNA ABIERTA

Se alquila

Cuando, gracias a la prosopopeya, nos habíamos acostumbrado a las ensaladas divertidas y a los perros comunicativos, unos cuantos alcaldes han emprendido la tarea de convertir su ciudad en una urbe amable. A la vista de la imparable ocupación de la vía pública en la nuestra, mucho me temo que acabe siendo nominada como la ciudad más antipática. De seguir así, no es de extrañar que del balcón consistorial cuelgue un letrero que diga: «Se alquila la calle. Razón aquí».

Pasear hoy por algunos lugares de Córdoba se ha convertido en una carrera de obstáculos en la que los transeúntes debemos sortear sillas, mesas, baños portátiles, baldosas rotas, pérgolas, toldos, parasoles y hasta el paso de un Cristo crucificado acompañado de una banda de cornetas en pleno mes de enero. En algunos tramos, por el espacio reservado a los viandantes solo cabe un peatón escuchimizado y de perfil, y las colas que se forman para avanzar recuerdan a las de la taquilla de la Maestranza para ver la reaparición de Morante. Cualquier superficie libre en la acera es una oportunidad

-nunca desaprovechada- para que el ayuntamiento haga caja, acaso porque lleva en su ADN aquella frase atribuida a Manuel Fraga de «la calle es mía».

Resulta paradójico que en las vías rotuladas como peatonales, quienes más difícil tienen el acceso sean precisamente los peatones. En detrimento del paseante, minúsculos locales que más parecen zulos extienden sus mesas hasta el infinito y más allá, sin importarles que, por la distancia que separa la cocina de la última mesa de la terraza, los calamares fritos siempre lleguen fríos y la cerveza caliente. Decía Quevedo que vivir es caminar, así que sospecho que estamos a las puertas de la muerte. Las cosas no van bien cuando de las dos actividades gratuitas más placenteras -copular y pasear- es más fácil consumar la primera.

Esta cuasi privatización del espacio público no entiende de estaciones ni tradiciones, como lo demuestra el hecho de que el pasado año fueron cerca de ¡cuatro mil! los eventos autorizados en nuestra ciudad para ocupar la rúe. En esto de salir a apoderarse de la calle se llevan la palma las cofradías, que, de tanto procesionar, han hecho que la salida verdaderamente extraordinaria es la que no se produce. Confío en que no resulte sacrílego afirmar que la verdadera estación de penitencia es la que hacemos los demás soportando tanto exceso. Si la paciencia es una virtud cristiana, qué duda cabe que todos acabaremos en el cielo. Hace tiempo que se ha perdido el sentido de la medida, como lo demuestra el hecho de que se rumoree que el cartel anunciador de la próxima Semana Santa será una fotografía de una Virgen dolorosa bajo los focos de la iluminación navideña de la calle Cruz Conde.

Frente a tanto trasiego, pensé en encontrar la paz encaminando mis pasos hacia las Ermitas por la Cuesta del Reventón. Tras esquivar el galope de dos caballos y superar el trance de ser perseguido por un Pit Bull, finalmente fui atropellado por una bicicleta poco antes de coronar la cima. Al levantarme, dolorido, le grité al ciclista en su huida «váyase a paseo», pero enseguida recordé que eso era imposible.

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