Opinión | El alegato
Adiós, Noelia, adiós
Hasta hace pocos días, la única Noelia que yo conocía era esa chica distinta a las demás de la canción de Nino Bravo.
Desde la semana pasada, otra Noelia se coló en mi vida: Noelia Castillo. La joven de 25 años que culminó su decisión de poner fin a su existencia acogiéndose a la ayuda a morir, prestación facilitada por la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia.
Ignoro cuál es el motivo por el que los medios informativos han dado tanta cobertura a la muerte asistida de Noelia, teniendo en cuenta que desde que entró en vigor la mencionada ley, en 2021, ha habido 1.100 procesos eutanásicos efectuados en España.
La edad de la chica, la oposición paterna a esa muerte provocada y prematura hasta agotar todas las instancias judiciales, así como la naturaleza no mortal de ninguna de las patologías que padecía, la han convertido en un caso distinto a los demás.
Lo más que puedo permitirme manifestar es que espero que el caso Noelia no sea ejemplo ni precedente para casos futuros. Lo demás ya es irrelevante.
Noelia, ya sea en base a su autonomía de voluntad, a su dignidad personal o apoyándose en cualquier otro derecho asistencial como persona, se ha marchado.
Su credo personal no le prohibía adoptar esa determinación ni sentirse obligada a respetar una vida -la propia-, que no consideraba prestada ni regalada por nadie. Quizás porque nunca encontró el menor atisbo de regalo en los días de su corta existencia.
La Ley de la Eutanasia despenaliza la misma y contempla el suicidio asistido, lo que supone entregar al sujeto los medios para llevar a cabo su autolisis, así como faculta al Sistema Público de Salud para que facilite esa ayuda a morir como una prestación más.
No obstante, para conceder esa prestación han de producirse dos solicitudes, con al menos 15 días de separación entre las mismas, debiendo luego evacuarse varios informes médicos favorables antes de su aprobación, siendo denegadas un 15% de las solicitudes instadas. Examinada lo más asépticamente posible la muerte de Noelia bajo el paraguas legal español, me niego a cerrar este artículo sin permitirme incluir el patógeno o germen maternal y desde ese microorganismo inoportuno, pero casi siempre certero, no puedo sino dar gracias a Dios por no haberme puesto en el lugar de la madre de Noelia.
Y es que a mí no me quedarían fuerzas, ganas ni lágrimas para ir a ningún plató televisivo a quejarme, a pocas horas de la muerte de mi hija, de que su padre no quiere pagar el entierro pese a haber heredado no sé cuantos miles de euros.
Estoy segura de que sería yo la del trastorno límite de personalidad y la de la depresión profunda irreversible si viese que mi hija elige la muerte como única y mejor opción.
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