Opinión | PASO A PASO
Pobres útiles
Hay una obscenidad moderna que nuestro tiempo, tan pródigo en catecismos laicos y en filantropías de escaparate, se empeña en no mirar de frente: la del hombre que trabaja y, sin embargo, sigue siendo pobre. Durante siglos se nos repitió, con esa solemnidad de mentira que adoptan las supersticiones cuando se visten de progreso, que el trabajo ennoblece, redime, ordena la vida y hasta la justifica. Pero hoy contemplamos, bajo los neones de la prosperidad estadística, una muchedumbre de asalariados que madrugan, sudan, obedecen, fichan y regresan a casa con la misma congoja con que antaño regresaban los jornaleros de los campos baldíos: sabiendo que el esfuerzo apenas les alcanza para ir aplazando la ruina.
Se dirá que siempre hubo pobres. Y es verdad. Pero la pobreza de nuestro tiempo añade una sevicia nueva: ya no comparece como fatalidad visible, sino como sarcasmo institucional. El pobre antiguo, por lo menos, sabía que lo era; el pobre contemporáneo, en cambio, ha de soportar la humillación suplementaria de que le llamen integrado, activo, productivo y hasta afortunado, mientras cuenta monedas frente al frigorífico medio vacío o pospone una muela, unas gafas o una alegría modesta para sus hijos. No padece solo penuria: padece también mentira.
Charles Péguy, que entendió como pocos la dignidad trágica del pueblo humilde, escribió que la gran desgracia de los pobres no era no trabajar, sino trabajar y no tener seguridad. Ahí está el nervio de nuestra época. Hemos erigido una civilización donde el salario ya no es recompensa de una tarea, sino permiso precario para seguir siendo explotado; donde la nómina no acredita una vida honrada, sino una dependencia administrada; donde el trabajador ha dejado de ser un hombre que sostiene el mundo para convertirse en material fungible de una contabilidad sin entrañas.
León XIII advirtió en Rerum novarum que no puede tratarse al obrero como instrumento de ganancia. Pero eso es exactamente lo que hacemos, con refinamientos técnicos y sonrisas de recursos humanos. Lo exprimimos durante el día y luego le predicamos resiliencia, reciclaje, flexibilidad y esa jerga infame con que los verdugos contemporáneos perfuman sus abusos. Ya no se azota al hombre: se le gestiona.
Y así vamos fabricando una sociedad de pobres útiles: gentes necesarias para que la máquina no se detenga, pero demasiado exhaustas para rebelarse; demasiado ocupadas para pensar; demasiado endeudadas para vivir. Y mientras tanto, los mercaderes del optimismo repiten que nunca hubo tantas oportunidades, como si la abundancia de escaparates pudiera consolar al que no puede franquear sus umbrales.
Quizá el signo más vil de una sociedad no sea que existan ricos insolentes, sino trabajadores humillados. Porque cuando el trabajo no basta para vivir con decoro, lo que fracasa no es la economía, sino la moral entera de una nación. Y eso clama al cielo.
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