Opinión | En corto
Ni excluido ni perdido
De lunes a viernes cumpliendo horarios, y el fin de semana organizando algún que otro clima de satisfacción. Y así continuadamente. Hasta que nos llega la Semana Mayor, abarcando más de una semana, sobre el trayecto de domingo a domingo. La Semana Santa para el turismo, la Semana Grande con sus días y noches para la devoción, para el encuentro y para las emociones.
Los hechos que en aquel tiempo se sucedieron, desde el Domingo de Ramos hasta el Domingo de Resurrección se escenifican como potenciadores de nuestra propia identidad en esta Semana de Pasión. Revitalizada, y reveladora de nuestra realidad social. Su fervor se sigue transmitiendo a los más jóvenes. Con el protagonismo de la imaginería, sus pasos, la sonoridad musical y el grato olor del balanceo del incienso para la purificación y veneración.
La creencia en el poder de la imagen se enardece en nuestras calles, las calles de nuestro ir y devenir. En ellas, Jesús de Nazaret entra en Jerusalén, en domingo, entonces primer día de la semana, montado sobre una borriquilla, como muestra de paz y mansedumbre. Al tiempo que es aclamado con ramos y cantos; y, además, según San Lucas, la gente le iba alfombrando el camino con sus vestidos. Por unos, era recibido como si trajese la redención política frente al sistema de opresión de Roma. Por otros, era el reconocimiento de aquel que venía en nombre del Señor.
Su reino no es el de un territorio o el de una época, ni aquel con el carácter de la dominación. Sino que tiene un alcance universal y la grandeza de la solidaridad, donde nadie es excluido. Y es la evocación de este Domingo de Ramos. Donde la expresión y representación de la presencia de Jesús se hace tangible; y se proyecta, también, para los días que continúan. Pero mientras que ahora es aclamado triunfalmente, luego, días más tarde es condenado y crucificado.
En el Viernes de crucifixión, el día más solemne de la Semana Santa, el día de la muerte de Jesús, dos ladrones o malhechores son también crucificados a un lado y a otro del Nazareno. Sus nombres son, según las Actas de Pilato, Gestas y Di(s)mas. Pero cada uno de ellos, según el pasaje de San Lucas, tienen diferente actitud respecto a Jesús. Gestas con el reproche insolente y despectivo, «¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!». Dimas, primero con la censura a su compañero, «¿Ni siquiera temes tú a Dios a pesar de que estás bajo la misma condena? Y nosotros a la verdad, justamente, porque recibimos lo que merecemos por nuestros hechos; pero éste nada malo ha hecho»; y luego con su súplica de fe a Jesús, «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino». Actitudes humanas que pueden ser habituales en nuestro entorno.
A una de ellas, a la de Dimas, Jesús le responde: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso». Dejando así testimonio de que no se da a nadie por perdido, incluso hasta en sus últimos momentos. En fin, no son solo la escenografía de las procesiones y sus recorridos, son también esos momentos que nos llevan a sentir esta identidad de solidaridad y unión, donde nadie es dado ni por excluido ni por perdido.
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