Opinión | Cosas
Ya está
De todas las beldades de nuestro idioma, destacan dos por aportarle esa característica diferenciada: una es la virgulilla de la eñe, que hemos llegado a adoptar como una suerte de mascota ortográfica. La otra, la diferenciación del ser y el estar, rasgo que se comparte con las otras lenguas ibero-romances, incluso con el mandarín o el nepalí, pero del que son ajenos idiomas como el inglés, el francés o el italiano.
Ser y estar: me atrae el brujuleo con el que tratamos ambos verbos, ese caprichoso travestismo de mellizos que se intercambian la ropa para confundirnos, donde la esencia ocupa la posición del estado, o viceversa. Particular y literalmente lapidaria es una expresión que utilizamos como un camarlengo del resuello, el dolor del alma que comienza a desaguarse por la boca: ya está. Es la primera catarsis ante el desenlace esperado, tanto en la consecución de una larga enfermedad como en toda esa legión de allegados que, por los siglos de los siglos, aguardan con impotencia la conmutación de la pena capital.
Es más que probable que «Ya está» se musitase el pasado jueves entre quienes ayudaron a Noelia Castillo a cumplir su última voluntad. A nadie se le ocurre decir «ya fue» para amortizar cuanto antes el olvido; ni «ya es», porque las santidades se han puesto carísimas. Y la única lucidez del presentismo es rechazar el «ya será».
Ya está, para poner fin a un calvario. Noelia no es culpable de confrontar a la muerte y a la doncella, pero su decisión ha quebrantado el aliviador anonimato de la eutanasia. Por muy duro que sea espejarla ante una cara bonita y tararear que ella tenía veinticinco años y uno no tenía edad, la mayoría legal te otorga la pulsión de morir dignamente; con todos los filtros clínicos, éticos, deontológicos y jurídicos para que se junten coherencia y voluntad cuando se decide conciliarse con lo irreversible. Nada más. Lo demás sobra. Sería muy jactancioso considerar que el hombre es el único timonel de su destino. Pero frente al entreguismo de dar y quitar que le encomendamos al Altísimo, el último reducto de la insolencia prometeica es decir adiós a todo esto cuando la vida nos ha dado la espalda.
No hay suicidas flácidos. La valentía es un atributo ajeno y quien ama la vida puede ver corajudo a quien se enfrenta a este valle de lágrimas. Ya se ha dicho, no sin falta de razón, que la decisión de Noelia ha sido la desembocadura de un fracaso colectivo. Es cierto que hay personas que revuelven los estigmas de una vida perra, elevando nuestras preces a estos santos patrones de la superación. Pero no se puede ser inquisitorial para torturar una reinserción del alma, pues ello anega de hipocresía todos aquellos parabienes de la salud mental. Hay que asumir que las depresiones también pueden alcanzar el grado IV, y su efecto metastásico impulsa a volar de este cuerpo carcelario.
Lo que sí es una obligación de una sociedad es luchar para que no se alcance ese nivel, igual que se avanza en terapias contra el cáncer. El padre de Noelia, y toda la corte de abogados cristianos ha luchado inútilmente para configurar un cariño y una felicidad con efectos retroactivos. Noelia tuvo la bravura de querer morir sola, para que nadie la viera cerrar los ojos; el desquite de la coherencia por tantos años de soledad. Sus últimas palabras fueron: «Por fin puedo descansar». No hay descanso eterno. Simplemente, ya está.
*Licenciado en Derecho. Graduado en Ciencias Ambientales. Escritor
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