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Opinión | A pie de página

La profesión de arqueólogo (VI)

A día de hoy no cabe imaginar iniciativa empresarial, cultural e incluso educativa sin su correspondiente página web, blog o cuenta en redes sociales, que se han erigido en soporte fundamental de las identidades sociales digitales de millones de personas en todo el mundo, escaparates de alcance universal no sólo para exponer los resultados o la oferta propios, sino también para intercambiar información, automatizar la transmisión de noticias o interactuar con individuos o comunidades de diverso alcance, en tiempo real. Eso, por no hablar del apoyo absolutamente impagable que a la difusión del conocimiento arqueológico prestan las nuevas tecnologías, entre las cuales la realidad virtual, el metaverso e incluso la tan controvertida inteligencia artificial.

Ahora bien, sin negar su importancia, no todo en la transmisión de datos son habilidades técnicas o capacidad de comunicación. Con permiso de la pléyade de ‘youtubers’ y creadores de contenido que han inventado nuevos y lucrativos perfiles profesionales, hace falta madurez, preparación, «cultura científica» y metodológica para extraer toda su potencialidad a dichas tecnologías y ponerlas al servicio de una adecuada transferencia del conocimiento. Sólo así será posible distanciarse de quienes en nombre de la ciencia hacen arqueología ficción o esoterismo, de los improvisadores, los vulgarizadores y los banalizadores, capaces de venderse a sí mismos con tal de atraer el interés del público y ganar dinero con ello. Con frecuencia se llama arqueólogo a todo aquél que es capaz de recrear en tres dimensiones un templo romano, sin tener en cuenta que pueda estar fabulando, o a aquéllos otros que convierten la sufrida ruina en un mercado. En cambio, si de verdad queremos reivindicar la arqueología como ciencia histórica hemos de asumir que, de entrada, arqueólogo ‘sensu stricto’ es aquél que hace interpretación histórica a partir de su propia investigación, sea ésta del tipo y el alcance que sea, sometiéndola después al juicio crítico de la comunidad científica y poniéndola además al servicio de la sociedad. El resto serán técnicos de Patrimonio, guías turísticos, dinamizadores y gestores culturales o de empresa…, quizás con titulación arqueológica, pero no arqueólogos, aun cuando cuenten con formación superior.

El futuro llegará aunque nosotros no formemos ya parte de él, y la arqueología será entonces lo que quienes actualmente se inician en ella hayan decidido; al menos en parte. Y digo ‘en parte’ porque debería ser el momento de trazar a una esa senda inédita, de que las nuevas generaciones peleen por corregir cuantos sesgos consideren erróneos, de exigir a quienes cuentan hoy con capacidad de decisión que trabajen para todos y lo hagan sin perder de vista a la ciudadanía, co-responsable con nosotros de la herencia patrimonial recibida. Resulta obvio, por tanto, que serán inevitables cambios legales y de concepto. La arqueología, que en los próximos años debería primar frente a la excavación el trabajo estricto de laboratorio e interpretación del ingente volumen de información acumulado en las últimas décadas, no puede ser una rémora. Por el contrario, debe ser entendida como recurso, motivo simbólico de orgullo y yacimiento de empleo; y para que eso ocurra es esencial la educación, demostrar empíricamente que no es una entelequia, algo que sí está en nuestras manos. Pondríamos en marcha así una revolución silenciosa que en sólo unos años podría transformar desde abajo el valor social de la disciplina, así como su gestión pública y privada.

*Catedrático de Arqueología de la Universidad de Córdoba

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