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Opinión | Calma aparente

Alto en el camino

Es imposible recorrer la calle Alfaros sin echarle un vistazo, aunque sea un segundo, a la cuesta del Bailío. Ese pararse a mirar quizá responda a un instinto de supervivencia. La belleza manifiesta resulta a veces insoslayable. En teoría, la cuesta está ahora en su mejor momento del año, cuando las buganvillas estallan de primavera. Pero lo cierto es que no tiene días malos, aguanta hasta los nubarrones; cruzarla de noche, por ejemplo, cuando está cargada de claroscuros, es como enfrentarse a un cuadro siendo consciente de que alberga muchos más significados de los que uno es capaz de interpretar. La imagen incluye paredes blanquísimas, crucifijos, faroles de luz mortecina, una fuente negra, el portón y la fachada de una casa palacio, un campanario y, hasta hace poco, un ciprés. Sí, también había un ciprés, pero ya no está; ahora solo queda el muñón. La vida está compuesta por fragilidades. Ese vecino con cuyo saludo se contaba cada mañana ya no lo veremos nunca más.

El día que descubrí lo sucedido bajé después por la calle Juan Rufo, y en la fuente de la Fuenseca, sentado en el bordillo, me encontré con mi amigo Arjona, que suele hacer allí un alto en el camino cuando sale a pasear. Le pregunté por el ciprés, y su respuesta, aunque calmada, me impactó: «Es como si a la joven de la perla le hubiesen quitado la perla». Le expliqué que, según el delegado de Infraestructuras, el temporal había comprometido la estabilidad del árbol, y talarlo era la única solución, pero replicó con el mismo aplomo: «Estuve poco de abogado, pero aprendí que el número de soluciones solo depende del número de peritos que se contraten: ahí empieza el lío». Como Arjona tiende al escepticismo y al buen humor, cambió de tema rápido. Me contó que le gustaba andar por casa y escuchar de fondo las marchas de Semana Santa, aunque ir a ver pasos no se lo planteaba, puesto que implica bullicio, y él huye del bullicio como de la rabia. Aun así, este año no se va al campo ni a la playa como otras veces; a pesar de estar ya jubilado y poder irse toda la semana, ha preferido quedarse en Córdoba. No concibe esto como un mal presagio. Ahora que está en lo mejor de lo peor, solo hace lo que le pide el cuerpo.

Aquella mañana, después de despedirnos, me llamó desde lejos para decirme una última cosa: «Tampoco te encones con lo del ciprés, que de peores cosas hemos salido. Tómate un fino por mí, anda. Ea, adiós». Con una levantada de cabeza y de cejas, me despachó y se giró. Arjona es de los que aligeran las tribulaciones ajenas. Por suerte, él no es un ciprés.

*Escritor

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