Opinión | Colaboración
Vizcaíno 28
Los muros de una casa pueden albergar una serie de patrimonios inmateriales con los que a bien seguro no puede un derribo, en especial si entre sus fronteras han ocurrido unas vivencias que acompañan intrínsicamente lo más íntimo de lo humano, por lo que perdurarán en el interior de quien allí compuso parte de su espíritu interno. Dicho esto, hoy toca recordar que existe un lugar donde se vivió una vida, la cual está mucho más cercana de lo que pensamos, pero que parece ya expirada y de época muy distante. Sin embargo, yo sigo escuchando el eco de sus latidos de manera rotunda.
Hubo un hogar que acogió infancias y velatorios a partes iguales, donde el mantel bordado ocupaba la mesa en las fechas de guardar y donde una telera siempre presidía la mesa. Ese lugar fue punto de llegada del cortijo y los mandaos. Se escuchaba desde esa vivienda el estruendo de un solitario tambor camino de San Francisco. Las vecinas siempre estaban en la puerta. Estaba todo lleno de fotografías que mostraban felices recuerdos de seres queridos, custodiados por estampitas de toda índole de cristos, santos y vírgenes.
Aunque jamás la vi, y tan solo escuché hablar de ella, creo que sería capaz de encontrar una clavija fabricada a mano para encender un viejo televisor a escondidas. Al igual que sé que encontraré vacía la hucha de una traviesa niña con redondas gafas. Olía a pestiños cuando merodeaba el día del padre y contenía sabores que saber que no volveré a experimentar jamás es motivo de profunda pena y hondo vacío.
Es más, sepan ustedes que entre esas cuatro paredes de las que les hablo tuvieron lugar mis primeros festejos taurinos, en los que actuaba como único espada con un público entregado y con una muleta hecha artesanalmente con la tela de una cortina y la rama de un árbol.
También había un patio lleno de macetas y salamanquesas en el que se aliñaban aceitunas cada invierno y en el que se encontraba un gallinero que sorprendía al foráneo pero que alimentaba las bocas de una calle. En esa casa, maldiciendo, se han tirado a la basura las papeletas que un señorito entregaba cuando nuestro país abrazaba la democracia. Ser analfabeto no implica ser bobo, pero sí que lleva consigo el orgullo inmenso de ver que quién viene detrás consigue estudiar y formarse, con el esfuerzo de unos y el sacrificio de otros. Ni hablemos ya de lo que podría suponer una tesis doctoral.
Todo esto existió en una humilde casa de una calle sin acerar y en unos recuerdos inquebrantables siempre se hallarán. A quien los hizo posibles.
*Profesor de Derecho
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