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Opinión | Para ti, para mí

Semana Santa: «Florece Dios…»

Hoy, Domingo de Ramos, se alza el telón de la Semana Santa, que nuestro pregonero Eloy Muñoz, anunció y ensalzó con brillantez y encanto en el Gran Teatro de Córdoba, como pórtico del drama de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, vivenciado en la solemne liturgia de los templos, en la religiosidad popular, de manos de las hermandades y cofradías en nuestras calles, y en el manantial personal de cada corazón creyente al compás de su conciencia libre. La bendición y procesión de las palmas, en la Catedral y en las distintas parroquias, tiene un sabor dulce y amargo a la vez: la Entrada del Señor en Jerusalén, aclamado por sus discípulos como rey, y al mismo tiempo, el relato de su pasión en la liturgia de la Palabra, que encoge el alma y nos adentra en el drama por excelencia de la historia: Jesús vive el trance de sus sufrimientos y de su muerte como uno más en la cadena de hombres que han pasado, pasan y pasarán por esos trances, como uno de tantos, como un hombre cualquiera. En la pasión de Cristo parecen «agolparse» todos los pecados de la humanidad: primero, la «traición» de Judas por treinta monedas, que luego arrojará con rabia a las puertas del templo, tal vez arrepentido o destrozado por su «hazaña»; segundo, la «negación» de Pedro, que «desconoce» a Jesús de Nazaret, envuelto en esa cobardía humana que nos abre a las terribles contradicciones interiores, con nosotros mismos; tercero, la «huida» de los apóstoles, dejando solo a su Maestro, cuando llega el peligro, poniendo al descubierto su falta de amor y de entrega; la «mentira» de un juicio organizado por el sanedrín, con falsos testigos, donde el más radical «fariseísmo» se impone a la verdad y a la inocencia; la «irresponsabilidad» de Pilato, que se debate entre un mar de dudas e indecisiones y que, al final, prefiere «lavarse las manos» ante la sentencia a muerte de Jesús; la «manipulación» del populacho, que actúa siempre perdiendo la razón e imponiéndose por la fuerza irracional; la «pasividad» de aquellos espectadores que salieron a contemplar el espectáculo sangriento de las «crucifixiones», entre los que destaca la silueta de una mujer audaz y valiente, la Verónica, que se lanza a limpiar con su lienzo el rostro ensangrentado de Jesús; el «silencio» de los buenos, salvo la reacción del buen ladrón, «el primer cristiano que entra en el cielo», y la confesión personal de un centurión: «verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios». Son los «siete pecados» que se reflejan en la pasión de Cristo y que siguen «repitiéndose» a lo largo de los siglos: «Traición, negación, huida, mentira, irresponsabilidad, pasividad y silencios». A propósito de Judas, me viene a la memoria, el breve relato que nos hizo el papa Francisco: «Detrás de mi escritorio, tengo la fotografía de un capitel medieval de la basílica de santa María Magdalena en Vézelay, en la Borgoña (Francia). En este capitel, por un lado, está Judas ahorcándose, pero en el otro lado está el Buen Pastor que lo carga sobre sus hombros y lo lleva con él. En los labios del Buen Pastor hay un atisbo de sonrisa, no digo irónico, pero sí un poco cómplice», comentaba el Papa.

Quizá, en este Domingo de Ramos, nos venga como anillo al dedo recordar unas palabras pronunciada por el papa León XIV, al comienzo de su pontificado: «¡Esta es la hora del amor! La caridad de Dios, que nos hace hermanos entre nosotros, es el corazón del Evangelio». En la Semana Santa, «Dios florece». Hoy, las puertas de la parroquia de san Lorenzo se abrirán de par en par, como un espléndido abanico de luz y de esperanza, para ofrecer a Córdoba la primera «Estación de penitencia»: «Nuestro Padre Jesús de los Reyes en su Entrada Triunfal en Jerusalén y Nuestra Señora de la Palma». Como telón de fondo, los versos penitenciales y amorosos de José Luis Hidalgo: «Señor, si Tú me dejas me moriré contigo / pisando largamente la tierra en que te aguardo. / Me iré entre los jirones de esa divina herida / por la que, a borbotones, nos vamos desangrando».

*Sacerdote y periodista

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