Opinión | Solidarios
El precio del petróleo, el precio de la vida
En un mundo que presume de progreso, la guerra sigue siendo una evidencia persistente de nuestro fracaso ético y moral. Ningún argumento logra justificar su consecuencia más atroz: la muerte de personas inocentes. Los conflictos actuales, especialmente aquellos en los que intervienen o influyen las grandes potencias, muestran con crudeza hasta dónde puede llegar la acción humana cuando se impone la lógica de la fuerza.
Más allá de las tensiones históricas o territoriales, las guerras responden a decisiones políticas concretas, ligadas a intereses estratégicos y económicos. Entre ellos, el control de recursos energéticos, especialmente el petróleo, sigue ocupando un lugar central. La estabilidad o inestabilidad de determinadas regiones no solo tiene consecuencias humanitarias, sino también un impacto directo en los mercados energéticos globales.
Líderes como Donald Trump o Benjamín Netanyahu han apelado al discurso de la seguridad para justificar actuaciones en contextos de alta tensión. Bajo sus discursos engañosos subyacen intereses vinculados a la influencia geopolítica y al control de zonas estratégicas para el suministro energético. Las guerras de Oriente Medio, en este sentido, son escenarios donde se dirimen intereses económicos de gran alcance, a costa de miles de vidas humanas. Vidas que, para estos dirigentes, valen menos que las balas que las matan.
Bajo términos como «seguridad» o «estabilidad» se ocultan realidades nefastas: ciudades destruidas, hospitales devastados, escuelas bombardeadas y familias rotas. Entre ellas, las más vulnerables son las víctimas infantiles, ajenas a cualquier lógica de poder. Sus vidas quedan truncadas de forma abrupta y sus nombres convertidos en cifras. La exposición constante al sufrimiento ajeno puede generar cierta indiferencia, como si el dolor tuviera fronteras. Pero esta lógica no se limita a quienes toman decisiones. También se refleja, de forma más silenciosa, en las sociedades que observan los conflictos desde la distancia. Mientras en los territorios afectados se entierran las víctimas causadas por los abusos del poder, en otros lugares la preocupación principal gira en torno al precio del combustible. La subida de la gasolina o del gasóleo se convierte en noticia prioritaria, relegando a un segundo plano las terribles y despiadadas consecuencias humanas.
Sin embargo, esta indiferencia no es neutra. La ausencia de presión social facilita que determinadas estrategias políticas y económicas se mantengan en el tiempo. Cuando el debate público se centra más en el coste del combustible que en el coste en vidas humanas, se produce una forma sutil de deshumanización.
En este contexto, recuperar la figura de Jesús de Nazaret, en fechas cercanas a la Semana Santa, puede entenderse más allá de lo religioso. Su mensaje de paz, justicia y dignidad humana sigue siendo una referencia ética vigente. Frente a cualquier tipo de interés, situó en el centro de la vida el valor de cada persona.
Apelar a esa idea de paz no debería ser un gesto simbólico, sino una invitación a la coherencia. Cabe preguntarse qué significado tienen los derechos humanos si se acepta, con escasa contestación, la muerte de seres humanos inocentes, o qué tipo de sociedad se construye cuando el sufrimiento infantil se asume como un efecto colateral inevitable.
*Profesor y escritor
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