Opinión | El cuerpo en guerra
Cosas de hermanas
En el imaginario colectivo está bien asentada desde hace siglos la idea de que las hermanas tienen que estar muy unidas y ser cómplices de juegos y en la vida, un bando único, como se nos muestra en ‘Mujercitas’. Este ideal ha sido retroalimentado por figuras como las hermanas Brontë, Jane Austen y su hermana Cassandra, Emily Dickinson y su hermana Lavinnia «Vinnie», Virginia Woolf y su hermana Vanessa Bell...
La literatura ha plasmado este ideal en diversas ocasiones, desde las travesuras compartidas de la saga de Celia con Cuchifritín y Mila en sus distintos volúmenes, de Elena Fortún, a un amor casi romántico como frente unido contra el núcleo parental, de ‘El libro de las hermanas’, de Amélie Nothomb, el vínculo más allá de los países y los continentes de las hermanas Flannery en ‘Las alternativas’, de Caoilinn Hughes, o el vínculo inquebrantable más allá de la muerte, que trasciende de los diarios a las fotografías de Amy y Zoe en Serpientes y escaleras de Jennifer Croft, o se pone a prueba a la hora de encarar la venta del hogar familiar en ‘Las hermanas Blue’, de Coco Mellors.
¿Dónde están las hermanas imperfectas, las que no tienen nada que decirse, han crecido separadas o ya no tienen relación? En los últimos años hemos asistido al desmontaje de la familia tradicional en lo relativo a la madre, con Las hijas horribles de Blanca Lacasa, y al padre, en Papá nos quiere de Leticia C. Domínguez, por ejemplo. Faltaba meter el dedo en la llaga en lo relativo al vínculo entre iguales, hablar de esas hermanas que no se quieren con locura, que han seguido caminos distintos y ya no forman parte de la vida de la otra. Por fin ha llegado Monica Drake, con ‘La locura de amar la vida’, a romper lo idílico de este vínculo. Esta misma semana se ha estrenado en librerías este título para que por fin encontremos un espejo que se distancie del imaginario tradicional. En él encontramos a Vanessa y a Lu, con una considerable diferencia de edad entre ellas, que deambulan por la vida sin llegar a cruzarse, que no han llegado a conocerse y entre las que nunca suena el teléfono ni cae ninguna carta. Por fin, Drake nos muestra la otra cara de un vínculo romantizado en exceso.
Es un libro necesario que además viene acompañado de una portada bellísima de la ilustradora Ana Jarén. Porque que las hermanas no luzcan unidas tampoco tiene que conllevar que se lancen los trastos a la cabeza. Simplemente no se rozan y los recuerdos de la infancia siguen ahí, ya sea en forma de rosas o de manzanas podridas, que respiran belleza y dolor.
*Escritora
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