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Opinión | el ángulo

Cuando el rival está en casa

Hay algo llamativo, casi incómodo, en las primeras entrevistas electorales de Moreno Bonilla al pedir el voto para garantizar estabilidad en Andalucía mientras señala, como ejemplo negativo, la parálisis institucional en otras comunidades donde aspira a gobernar su propio partido. Extremadura, bloqueada durante meses en negociaciones con Vox, se convierte así en argumento de campaña, aunque eso suponga proyectar debilidad interna.

No critica abiertamente al PP en esos territorios, pero utiliza su situación como advertencia, si no le dan mayoría suficiente, Andalucía podría acabar en el mismo escenario de dependencia y bloqueo. Voten para evitar que me pase lo que le está pasando a los míos.

Tradicionalmente, los partidos cuidaban la imagen de coherencia territorial. Las dificultades en una comunidad se gestionaban con discreción, evitando convertirlas en munición electoral. Hoy ocurre lo contrario, los problemas de tus compañeros se convierten en argumento propio. Esto no es exclusivo del PP. Pedro Sánchez ha hecho algo similar en otras campañas, como cuando introdujo el debate sobre un nuevo modelo de financiación autonómica en plena precampaña aragonesa. Una propuesta pensada para equilibrar territorios, pero que en Aragón generaba más dudas que adhesiones.

Ambos casos apuntan a la misma cesión en la unidad de acción de los partidos frente al hiperliderazgo. Los líderes ya no actúan solo como representantes de una estructura, sino como candidatos en competencia permanente, incluso de forma indirecta con los suyos. Cada elección se convierte en una partida independiente, donde lo prioritario es maximizar el resultado propio, aunque eso tensione el relato común. Lo que ocurre en Extremadura no es un problema compartido, sino una oportunidad discursiva en Andalucía. Y lo que se propone en Aragón no es necesariamente para Aragón, sino para reforzar una posición general.

La consecuencia es una política más fragmentada, donde la coherencia territorial importa menos que la rentabilidad inmediata. El líder se impone a la organización, la estrategia puntual, al mensaje global. Quizá lo más significativo no es que esto ocurra, sino que ya no sorprende. Que un presidente autonómico utilice las dificultades de sus compañeros como argumento electoral, o que un presidente del Gobierno lance propuestas que encajan mejor fuera que dentro del territorio donde las presenta, forma parte de la nueva normalidad.

Una normalidad donde la política ya no se articula tanto en torno a proyectos compartidos como en torno a liderazgos que compiten, a veces incluso entre sí, por sobrevivir electoralmente.

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