Opinión | TRIBUNA ABIERTA
Un abalorio más
Hoy se me ha colgado un abalorio más, y ya van cuarenta y ocho. Últimamente, cada vez que un abalorio se me cuelga encima, otros atributos corporales se me van descolgando. Mi figura, el pelo, mis párpados, las tetas, todo cae por mucho que me empeñe en mantenerlo arriba. Normalmente, cumplir años nos pone frente al espejo para recordarnos que estamos. Este último, además, me ha pillado en plena metamorfosis. Estoy mutando de cisne blanco a reina destronada. De cisne a reina, sin apellidos. Me encuentro ahora mismo en una etapa de mi vida donde mi estrógeno y mi progesterona están librando una batalla campal, de cuento épico. A ver lo que dura la partida.
Vivo en un caos donde la presbicia, la fatiga o los suaves pero permanentes dolores articulares se hacen notar con estricta disciplina. Lagunas mentales y cambios de humor recurrentes se mueven por mi tablero de ajedrez, mientras el insomnio suele hacer cada noche un movimiento ganador más, alentado por frustraciones, decepciones, idas y venidas de la libido riendo a carcajadas, dudas existenciales, alfil negro peleando con alfil blanco por teñir el pelo de su mismo color a la reina contraria, silencio, ansiedad, preocupaciones, miedo a lo imprevisto, inquietud ante lo desconocido, dolor, y nuevas carcajadas por cualquier cosa cuando quizá a nadie le haga ni puta gracia. Lo indeleble de una fecha de caducidad que en estas noches se acentúa un poco más. Una tormenta desordenada donde lo único que se mantiene intacto y permanente es la sensación de que alguien dejó la calefacción puesta al máximo y para siempre, y tiró el interruptor al fondo de mi mar interno. ¡Y cuán insegura protagonista de un relato épico en mitad de la batalla! ¿cómo hacer para quitarse todo este peso de los hombros? Me lo he preguntado muchas veces, y, sorprendentemente, la solución no está siendo untarme esa maravillosa crema liftactiv-supreme-anti-arrugas-esencial-de-avène-colágeno-hidrolizado-molecular-con-centella-asiática-y-aloe-vera que me compré hace tiempo. No.
Dicen las veteranas de esta etapa clásica que, una vez se consigue salir de este laberinto, se camina cada día con cierta perspectiva sobre las cosas que ocurren a tu alrededor, y que es francamente reconfortante. También cuentan que cuando tomas conciencia de que la atracción no es ni directa ni inversamente proporcional a la edad, comienzas a huir de la validación externa. Y que eso es purificador. Que es la suerte de esta edad la que te hace ver monstruos donde realmente los hay, y se es capaz de huir de ellos, sin remordimientos. Que después de este reseteo corporal y espiritual, todo lo catastrófico de la menopausia pasa a ser catártico. Que nos encontraremos con nuestras mejores versiones, o al menos las más sinceras, sencillas y volátiles, tanto, como complejas e intensas fuimos. Y frescas, por deslenguadas quiero decir, como uno de mis queridos grupos de Whatsapp.
Quizá ya solo sea cuestión de tiempo. O quizá ya estoy en ello. Tengo un pie aquí y otro allá. Porque ya vacío el doble de rápido mi cubo de las frustraciones, aunque al día siguiente dude en pintarme o no las canas de nuevo. Cuestión de tiempo.
Y es que visualizar ese espacio de vivir sin vergüenza, llorona, risueña, furiosa, derrengada, ausente, llegar a hacer de esas nieblas mentales, de ese párpado amilanado, de esas tetas flojas y abatidas, o de esos pelos que caen en la ducha, obras de arte, como hizo con los suyos hace tiempo la escritora cordobesa Rosario Villajos, parece un horizonte liberador.
Pero hasta que llegue a ese punto sin retorno que, como escribió Kafka, justo es el punto que hay que alcanzar, lo más sensato y terapéutico ahora mismo será que yo deje de escribir y tu dejes de leer, y compartir en tiempo real toda esta mudada de piel con una amiga, por ejemplo, con una que me dijo hace unos días que lo urgente no era vernos para que le devolviera unos libros, lo urgente era vernos para tomarnos un par de cervezas.
He comenzado a escribir este texto sin ninguna expectativa, y lo estoy acabando sin ninguna pretensión. Es marzo, un mes que transforma, ha llegado la ansiada primavera, con toda la buena vibra que me genera, y me ha picado una abeja en la mano, demostrándome mientras observo cómo cae moribunda al suelo, que todos, y todo, es efímero, hasta esta mierda de transición menopáusica. Y eso me calma.
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