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Opinión | Entre visillos

Turismo, ni contigo ni sin ti

La proximidad de la Semana Santa, que en Córdoba tendrá mañana su brillante prólogo con el Viernes de Dolores, se refleja cada año en dos aspectos: el nerviosismo ilusionado de los cofrades con la puesta a punto de los pasos para sacar a la calle las imágenes en todo su esplendor –si el tiempo contribuye a ello, y parece que este año sí lo hará- y los cálculos anticipados que hacen los que viven del turismo sobre la llegada de visitantes. Y en esas estamos, los unos contando las horas que faltan para el Domingo de Ramos y los otros tratando de aprovechar el tirón económico de estas fechas de devoción para algunos –una alegría en el gasto que no repercute en las hermandades, aunque se dispare gracias a ellas- y de fenómeno sociológico para todos.

La Semana Santa marca el umbral que da entrada a la bonanza turística tras dejar atrás la temporada baja, que este año ha sido tan baja en la ciudad como no se recordaba desde los días nefastos de la pandemia del covid. De ahí las expectativas de un sector que ha pasado del optimismo de los últimos tiempos de abundancia a que no le salgan las cuentas, así de sensible es ese tejido empresarial. Según la encuesta de ocupación hotelera del Instituto Nacional de Estadística, en los meses de enero y febrero se ha registrado una caída clara de la demanda frente a los datos de 2025 tanto en viajeros como en pernoctaciones, un 10,3% en el caso de los primeros y del 10,8% en las segundas. Traducido esto en ingresos por alojamiento, supone una pérdida de más de 1,29 millones de euros de acuerdo con el avance del barómetro de invierno de la Universidad de Córdoba.

¿Los motivos? Son varios y entre todos han desatado la tormenta perfecta. En el centro del desastre están las numerosas incidencias de los viajes en tren, pura incertidumbre sobre raíles, como consecuencia del terrible accidente ferroviario ocurrido cerca de Adamuz (es muy injusto apellidarlo, como se viene haciendo, «de Adamuz» sin más, asociando quizá para siempre con la maldita tragedia el topónimo de un pueblo que pasará a la historia por su heroica generosidad hacia las víctimas). También la climatología ha hecho de las suyas, con una borrasca tras otra asolando el país y el consiguiente riesgo de inundaciones, un tiempo que a lo único que invitaba era a quedarse en casa. A ello se suma el encarecimiento general de costes por la inflación, por no hablar del peligro de un presidente de los Estados Unidos -ojo, que son uno de nuestros mercados más fuertes en materia turística- que cada vez que habla sube el pan. De momento lo que subió fue la gasolina –pero vendrán más escaladas de precios si no las contrarresta el Gobierno-, mientras bajaban las bolsas de todo el mundo por la guerra de Irán. Tampoco es que haya ayudado la mala propaganda escupida por Trump sobre España y el castigo de los aranceles por no seguirle su disparatado juego belicista.

Hay quienes quieren ver la botella medio llena y confían en que este conflicto del golfo Pérsico con hedor a petróleo reconduzca a quienes tuvieran pensado visitar esas tierras hacia zonas más tranquilas, como la nuestra por ejemplo. Ojalá sea así, porque por ahora los profesionales del turismo lo que ven es lo inmediato, que no ofrece muchas esperanzas de remontar la situación. El cierre de la conexión del AVE con Málaga tras el derrumbe de un talud en Álora, que dificulta la llegada de visitantes desde la Costa del Sol, y la anulación de reservas dejan las previsiones de ocupación hotelera en el 50% para esta Semana Santa, aunque es de suponer que mejorarán con las contrataciones de última hora. Nos quejábamos de gentrificación, parques temáticos y demás lastres del turismo, pero no sabemos ni podemos vivir sin él.

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