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Opinión | HOY

Primavera en Córdoba

Con tanta lluvia y tanto gris, parecía que no iba a volver. Pero aquí la tenemos, ¡primavera de nuevo en Córdoba!, llamando con sus sutiles dedos en nuestra ventana, susurrando con sus tiernos suspiros azahar, rosas, celindas por los parques, y ruiseñores, y tórtolas, y cigüeñas. Nuestro Guadalquivir descansa del fragor de tantas lluvias. Ahora sus aguas son besos y besos de nuevos enamorados. Esos labios besados se convierten en golondrinas, bajan al agua en ondas de plata y en suspiros de brisas, y se pierden hacia el horizonte. ¡Cuántos besos de amor en primavera lleva nuestro Guadalquivir hacia la mar! ¡Córdoba en sus siglos! ¡Cuántas palabras que laten en la eternidad de sus horizontes! Es un continuo prodigio y su misterio. En un banco junto al río, un hombre se sienta cada mañana y cada atardecer. Ese hombre es un silencio hacia dentro. Mira las palomas. Sube los ojos hacia el cielo y busca nubes azules. Lee un libro de poemas. De un bolsillo escondido, saca una foto; la contempla como si la foto tuviese vida. En el rostro del hombre se insinúa una leve expresión que es añoranza y melancolía de un tiempo ido para siempre, pero que dejó en su corazón una estela de amor soñado. A veces, el mundo entero se le refleja en una lágrima. A veces, parece musitar algo, porque los labios adquieren un temblor imperceptible, tan tenue como el que surge en los pétalos de las rosas y en las hojas nuevas de los árboles cuando pasa por ellos el soplo de un aura. Yo observo a ese hombre y daría lo que fuera por adentrarme en su alma, para sentir lo que siente y lo que recuerda cuando mira esa foto. Sé que es la foto de una mujer, porque de pronto el hombre le susurraba con tanta nostalgia, que dejó caer la mano en las piernas y el tema de la foto se iluminó. Era una mujer que expresaba mucha soledad, como si nadie le hubiese hecho la foto; sonreía con ternura de niña, pero la sonrisa se le convertía en tristeza. Al fondo se veía gente, un puente y una torre; y más al fondo, diciendo adiós a la mujer y su tiempo, un cielo con nubes azules. En ese banco, alrededor de ese hombre, se alzaba un mundo de sentimientos y de belleza. Fuera de ese ámbito, la vida seguía pasando con su fárrago de guerras y de extravíos. Córdoba se hacía eterna en sus flores, sus patios, sus calles y sus campanas. Yo escuchaba en su corazón preguntas: ¿Por qué tiene que terminar nuestro tiempo como si nunca hubiésemos amado ni soñado? ¿Por qué no podemos convertir en eternidad un beso de amor? ¿Por qué se van las miradas de dos enamorados y el espacio vuelve a vaciarse y llenarse de olvido? ¿Por qué tanta belleza ya, sin nosotros en tantas despedidas?

*Escritor

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