Opinión | El trasluz
Esto aguanta

La confianza vendedor-cliente parece haberse perdido.
Me compré en unos grandes almacenes un tocadiscos de vinilo que, al llegar a casa, no funcionaba. Me lo cambiaron por otro que también falló. A la tercera, por fortuna, fue la vencida, pero me costó idas y venidas, mucho tiempo, mucho cabreo, en fin, muchas energías. Al poco, adquirí un radio despertador con el que tuve una experiencia semejante. El control de calidad, que constituyó uno de los grandes inventos de la historia, era mucho más que el control de calidad. Proporcionaba una seguridad real, además de simbólica. Su pérdida no solo es lamentable a efectos prácticos, sino a efectos, digamos, de orden anímico.
Uno compraba un objeto y daba por hecho que funcionaría. Esa fe silenciosa lubricaba la vida cotidiana. No era necesario abrir la caja con desconfianza, ni conservar el ticket como si se tratara de un salvoconducto, ni preparar mentalmente la discusión con el dependiente. Había un pacto tácito entre el fabricante y el comprador: yo pongo el dinero, usted pone la fiabilidad. Ese pacto parece haberse roto. Cada adquisición lleva incorporada una sospecha. Y volver a la tienda es una experiencia extraña. En el mostrador de devoluciones se forma una comunidad provisional de damnificados: tostadoras melancólicas, auriculares mudos, cafeteras impotentes. Nadie habla demasiado, pero todos comparten la misma pregunta silenciosa: ¿en qué momento dejamos de confiar?
Quizá el control de calidad era también una forma de respeto. No solo hacia el cliente, sino hacia el propio objeto. Las cosas se fabricaban para durar, o al menos para cumplir con dignidad su función. Hoy tiene uno la impresión de que los aparatos nacen cansados. La obsolescencia ya no necesita ser programada. Es prenatal. Lo peor es la erosión de una certeza íntima. Si hasta un despertador es dudoso, ¿qué otras garantías invisibles se han evaporado? La confianza en los objetos era una extensión de la confianza en el mundo. Al perderla, aparece una ligera ansiedad doméstica, una sensación de provisionalidad. A veces pienso que el control de calidad no verificaba solo tornillos o circuitos. Verificaba la vida misma. Nos decía: puede usted apoyarse aquí, esto aguanta. Ahora abrimos la caja con cautela, como quien golpea una pared para comprobar si es de verdad o un decorado.
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