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Opinión | PASO A PASO

Paternidad política

Hay políticos que comparecen ante el país como tahures de casino: prometen con una mano, escamotean con la otra y viven pendientes del aplauso instantáneo, que hoy conceden las redes con la misma fruición con que ayer lo otorgaba la plebe romana. Y hay otros –pocos– que se presentan con una compostura menos histriónica, más cercana a esa seriedad doméstica del padre de familia que no necesita vociferar para ser obedecido, porque ha hecho de la mesura una forma de autoridad. Juanma Moreno pertenece, para bien o para mal, a esta segunda especie.

No es un tribuno de la combustión verbal, ni un caudillo de ademanes cesaristas. Su fuerza política ha consistido, precisamente, en encarnar una normalidad que nuestro tiempo juzga casi extravagante: la del hombre que parece llegar a la vida pública desde la casa, y no desde el laboratorio de resentimientos donde hoy se incuban tantos profesionales del partidismo. Casado y padre de tres hijos, presidente de la Junta desde 2019 y vencedor con mayoría absoluta en 2022, Moreno ha levantado su personaje público sobre una pedagogía de la calma, una «vía andaluza» hecha de moderación, centralidad y rechazo de la estridencia. Y ahora, al convocar elecciones para el 17 de mayo, vuelve a someter esa imagen a la prueba de las urnas.

Ya sé que la palabra «moderación» provoca sarpullidos entre los fanáticos, que sólo conciben la política como un circo de excomuniones. Pero conviene recordar que las sociedades no se sostienen sobre energúmenos, sino sobre hombres capaces de administrar los desacuerdos sin convertirlos en guerra civil espiritual. En esto, Moreno recuerda más a Suárez que a los pendencieros de consigna; y algo tiene también –salvadas todas las distancias– de aquel Adenauer que comprendió que gobernar no es enardecer a la tribu, sino devolver confianza a la gente común. No se trata de santificarlo, sino de advertir que, frente al sectarismo contemporáneo, su talante ofrece una rareza casi reaccionaria: cortesía, contención, sentido institucional.

Chesterton escribió que la tradición consiste en dar voto a los muertos. Nuestra política, en cambio, sólo concede voz a los exaltados del presente. Por eso desconcierta un dirigente cuya principal audacia acaso sea parecer un padre antes que un comisario, un administrador antes que un profeta, un gobernante antes que un agitador. En una época de partidos convertidos en parroquias feroces, Juanma Moreno ha entendido que Andalucía no necesita un capataz de trincheras, sino un hombre que, al menos en las formas, recuerde que gobernar una tierra se parece mucho a cuidar una casa: poner orden sin humillar, corregir sin odiar y perseverar sin montar un auto de fe cada mañana. Y, en estos tiempos de testosterona ideológica y de histeria militante, esa sobriedad vale casi como un programa moral. No es poco, cuando tantos convierten el resentimiento en oficio y doctrina.

*Mediador y escritor

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